El cuento número 13

Me asombra que siga vendiéndose un libro tan mediocre como este, publicado en nuestro país hace ya un par de años casi. Tuve que leerlo en su momento y ahora pongo mi pequeño granito de arena en contra de las listas de libros más vendidos.

Vida Winter, escritora de éxito, se consume a causa de una enfermedad mortal y decide entonces contar su vida. Encarga el trabajo a Margaret, una apasionada lectora que trabaja en una librería de viejo. Vida se remonta a sus abuelos e inicia un relato vertiginoso en torno a sus padres, su tío y su hermana gemela.

Esta primera novela de la escritora inglesa (1964) recupera la tradición decimonónica de novelas-río donde todo queda claramente planteado, desarrollado y bien atado. Las continuas referencias a Austen, las Brönte, Collins, Eliot y Dickens son pistas claras del tono del libro. No falta de nada: mansiones destruídas por el fuego, separaciones, desapariciones y hallazgos, fantasmas, bodas, cementerios, bibliotecas, cartas, diarios y mensajes cifrados. Y por supuesto secretos y revelaciones. El lector quiere saber y es arrastrado de un capítulo a otro. Entre tanto vaivén no se descuida la profundización en los personajes y en sus relaciones.

Lamentablemente la autora se separa de sus maestros inspiradores al plantear el contenido de su historia: la mayoría de los protagonistas son seres poco corrientes, a un paso de la locura. No se describen sus frecuentes comportamientos enfermizos y morbosos pero están siempre presentes, configurando una atmósfera de irracionalidad y abandono que disgustará a cualquier lector mínimamente sensible y equilibrado.

Autor: Javier Cercas Rueda

En 1965 nací en Sevilla, donde he vivido casi treinta años con un pequeño paréntesis de cuatro en Jerez. En 1994 me trasladé a Granada, donde sigo desde entonces. Estudié Economía general, he vivido once años de mi vida en Colegios Mayores, y desde 1995 hago crítica de libros y he mantenido diferentes relaciones con el mundo de la comunicación. Entre las cosas que me hacen más feliz están mi familia, mis amigos, los libros que he leído y haber subido en bici el Galibier. AVISO IMPORTANTE Conviene volver a recordar que el autor de estas entradas, Francisco Javier Cercas Rueda (Sevilla, 1965), que firma sus escritos como Javier Cercas Rueda (en la foto a la derecha) y José Javier Cercas Mena (Ibahernando, Cáceres, 1962), que firma los suyos (como Soldados de Salamina) como Javier Cercas, somos dos personas distintas.

7 opiniones en “El cuento número 13”

  1. Hola Carlos, es una pena que organicéis tertulias sobre libros como este. Hay obras que dan para hablar y no terminar nunca. Por citar algo, todos los libros de Tolkien.

  2. He llegado aquí desde lastertuliasdelibaizabal.blogspot.com Y aunque al principio el libro me atrajo, he de reconocer que a partir de la mitad se me hizo pesado. La intriga dejó de atraerme (demasiados giros y “coincidencias casuales”), los personajes no acababan de cobrar cuerpo. Ni de lejos se acerca a las obras decimonónicas de las autoras que menciona (y eso que no forman parte de mi literatura preferida). La verdad es que la elección del libro nos pilló un poco descolocados a los contertulios. El 29 de abril celebramos la tertulia sobre este libro; tengo ganas de saber las valoraciones que hacen los miembros de las tertulias (casi todos mujeres de entre 40 y 55 años).
    Aprovecho para recomendar el anterior libro que leímos, “Las manos de mi madre” de Karmele Jaio.
    Y también para darte las gracias por entrar en nuestro blog y dejar un comentario sobre esta obra; lo leeré en la tertulia. Gracias.

  3. De Pamuk sólo se ha comendo aquí (creo) Mi nombre es rojo. A mi me pareció un buen narrador. Muy oriental en su estilo.

    Hugo: se trata de un gancho evidente para los que nos gustan los libros, pero la ambientación sólo es una parte de cualquier historia.

  4. Pues a pesar de ir contracorriente, el inicio del libro en donde se describe la actividad de una librería de viejo, quizás la visión romántica que yo tengo en la cabeza, me gustó muchísimo. En lo demás estoy conforme contigo Javier.

    Un abrazo Hugo

  5. El castillo blanco
    Orhan Pamuk
    Mondadori, Barcelona, 2007

    Es una novela difícil que el propio Pamuk acaba explicando en las páginas del epílogo. Dos temas principales circulan en paralelo: el contraste entre el mundo oriental y occidental; y el propio conocimiento, la propia identidad.
    Parte del enorme parecido físico entre un maestro turco y un joven esclavo procedente de Italia. Las dos personalidades se van identificando a lo largo del relato, con la intensa convivencia y el trabajo compartido. Poco a poco los gestos de uno son repetidos por el otro y asumidos de manera natural. Al principio logran engañar a los ajenos y llegan a engañarse a sí mismos.
    Los colores –así llama Pamuk a los escenarios concretos- le dan vida y amenidad a un relato que de otro modo se haría pesado. Sin embargo el colorido no logra ocultar la falta trama y drama en el argumento. Tampoco resulta un profundo estudio de la psicología de los personajes, aunque indudablemente están magistralmente descritos.

  6. Gracias por tu contribución.

    A mi el holocausto me coge un poco cansado, como saben los que frecuentan este blog, pero ese libro lo lei. No recuerdo mucho de él pero si que tenía fuerza. No he movido un dedo por ver la peli que se ha hecho de él.

  7. Provecho esta oportunidad para comentar “Sin destino”:
    Así se titula la obra de Imre Kertész (Plaza y Janés, Barcelona, 1996) en la que narra la experiencia de un año en un campo de concentración alemán. Es una narración sencilla, lineal, cargada de ingenuidad y por tanto de una cierta belleza, que le resta crudeza a las atrocidades cometidas en el capítulo más negro de la Segunda Guerra Mundial. La objetividad de la descripción de los hechos puede ser la mejor aportación del autor. Conducido con cierto engaño desde Budapest hasta Auschwitz, va contando las incidencias del viaje como si se tratase de un civil que acude voluntario a reforzar la retaguardia del ejército alemán. Admira la organización y eficacia de los alemanes y justifica sus acciones como si fueran necesarias.
    El primer día descubre ya que se ha convertido en preso y que se dedicará a trabajos forzosos. Entonces agradece su buena suerte porque comprende que los que no han sido seleccionados han sido conducidos a los crematorios.
    Destaca el autor el contrate entre el agobio de la actividad del primer día y la rutina e igualdad de los siguientes, que anulan toda la esperanza e ilusión de vivir. Lo explica como si el tiempo sufriera una concentración inmensa y después se expandiera como un gas. A eso se suma la escasa ración alimenticia que lleva a todos los internados a un deterioro físico acelerado.
    El desenlace se produce de igual modo, en parte sorprendente y en parte comprensible, por seguir la línea inicial de desarrollo. Quizá el síndrome de Estocolmo tenga aquí una versión previa.

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