Maestro Arreola

Un artículo antiguo tras una feliz lectura de 1998 (Narrativa completa, Ed. Alfagüara, 1997).

Arreola es un narrador excepcional y deslumbrante. Nació en 1918 (Zapotlán el Grande, México), hasta los treinta años se desempeñó en innumerables oficios, entre ellos, la actividad editorial, cultivó el teatro y viajó a París. Hasta los cincuenta se dedicó a escribir. Desde entonces hasta hoy ha seguido cultivando la palabra en vivo a través de sus frecuentes apariciones públicas y en TV y dirige talleres literarios.

Es el triunfo del verbo, de lo preciso sobre lo confuso, de la forma sobre la materia. Administrador ejemplar de la sorpresa, el misterio y el sentido del humor, va de lo creíble a lo increíble, de la realidad a lo fantástico, de lo documentado a la ficción con una naturalidad pasmosa y envolvente. Su indolencia creadora, su aparente falta de compromiso y su voluntaria marginalidad del mercado literario, han sido tan criticadas como ensalzados su virtuosismo verbal y su vasta y autodidacta cultura.

Cultiva un género híbrido del poema en prosa, el cuento y el ensayo. Podemos dividir su producción en tres bloques:

a) Cuentos: los más maduros están reunidos en el volumen Confabulario, quizás su obra más célebre. Varia Invención recoge los relatos primitivos y, en opinión del propio autor, ya siempre verdes. Palíndroma incluye sus últimos cuentos.

b) Bestiario, junto a las series Cantos de mal dolor, Prosodia y Variaciones sintácticas forman un conjunto de textos -prosa poética o poesía en prosa, como dice Arreola– muy breves e inclasificables (fábulas, pensamientos, aforismos, sentencias, alegorías y pequeños ensayos).

c) La feria, su única novela. Novela en fragmentos, caleidoscópica, donde no se presentan personajes ni se sitúan hechos en el espacio y en el tiempo; un entrecruzarse de historias, un puzzle de conversaciones entrecortadas, voces y situaciones anónimas, que compendian la problemática social del pueblo de Zapotlán, auténtico protagonista de la obra.

Entre sus claves temáticas podemos advertir tres constantes: la denuncia de un mundo deshumanizado (que él pretende redimir con un antropocentrismo irracional donde la intuición se impone  a la razón), ataques al progreso técnico, presentación de antihéores de la antiguedad; la mujer, el amor, la rencorosa imposibilidad de la compañía, crítica al matrimonio, obsesión por el adulterio; en tercer lugar, la religión y la moral. Explora, sin adoctrinamiento, cuestiones éticas, problemas intelectuales, sofismas y ejemplos paradójicos, las perplejidades de un creyente de buena fe y las complejidades de la convivencia. Su clave retórica ha sido definida por los críticos como “extrañamiento”, una búsqueda de complicidad con el lector que a la vez es siempre sorprendido en sus expectativas.

Estas bellas palabras son un testimonio elocuente de su vocación a la palabra y de su modo de expresarse:

No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiendo.

Arreola es un escritor de mucha calidad. Exprime mucho sus textos y sus referencias literarias y culturales están al alcance de pocos: esto hace que se muestre con frecuencia difícil y oscuro para el lector medio. Quizás es mas fácil la conexión en Confabulario y en Bestiario. La Feria es, también, una obra excepcional y sorprendente. Como insinúan las palabras finales de la presentación a la edición definitiva del Confabulario, la lectura de Arreola es todo un desafío para un lector de minorías:

Sólo me gustaría apuntar que confabulados o no, el autor y sus lectores probables sean la misma cosa. Suma y resta entre recuerdos y olvido, multiplicados por cada uno.

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