Field. los amores de un bibliómano

FIELD_Amores_bibliómanoLa terminación en -manía en lugar de en -filia nos hace pensar en un tipo de pasión por los libros más enfermiza que saludable, pero el simpático protagonista de estas páginas, como el periodista norteamericano que las escribió (1850-1894), no inspiran nada rechazable en su obsesivo interés por la palabra impresa. El coleccionista William, a sus setenta y dos años, soltero y aún enamorado de su biblioteca como el primer día, va esbozando en diecinueve estampas los deleites, aventuras y desventuras de un cazador y lector de libros. Se siente “vagando por un jardín lleno de desvíos que le atraen” y se deja llevar por ellos a su aire: de los cuentos de hadas y la lectura como educación pasa a las excelencias de leer en la cama (“hay que soñar con un libro para apreciarlo de verdad”), y de ahí se interesa por la calvicie (y su relación con la intelectualidad y la espiritualidad), por la importancia de los libros de pesca (mayor que la de la pesca en sí: el peligro de lo libresco) o por el olor de las páginas.

Todos los protagonistas de estas páginas no son objetos encuadernados, también están su hermana, sus cómplices (lógicamente bibliómanos también), la famosa familia impresora del XVII (los Elzevir) o Napoleón y su biblioteca. Todo aderezado con curiosidades, rarezas, recuento de errores tipográficos, citas y poesías.

William disfruta de la “reconfortante desgracia” de una enfermedad incurable, cuyos únicos malos momentos vienen por las dificultades y la falta de dinero, ampliamente compensados por las inagotables felicidades de la persecución, la posesión (“coleccionar por vanidad, por el gusto de aprender o por veneración a  los libros”) y la lectura, que “nos pone en contacto con la mejor sociedad de cada periodo histórico, los más sabios, los más ingeniosos, los más valientes y puros que han adornado a la humanidad, que nos hace ciudadanos de todas las naciones: el mundo ha sido creado para nosotros”.

Los amores de un bibliómano se denomina remotamente novela sólo porque William es un personaje de ficción distinto de Field, pero por nada más. En todo caso un libro simpático y sencillo, ligeramente misógino, apasionado y de humor blanco, liviano ensayismo sin grandes pretensiones literarias ni didácticas, que despierta simpatía hacia una adicción hacia la que resulta fácil sentir indulgencia, aunque no dejemos de ver que en los días de William hay más infolios, octavos y ex libris que vida real.

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