Abad Faciolince. El olvido que seremos

Héctor Abad Gómez, asesinado en Medellín en 1987 por paramilitares, fue un médico higienista y activo e incómodo político, que defendía en su país los derechos humanos. “Cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política”, fue ante todo un padre cariñoso y un hombre honesto. Lo mataron con 65 años, y en el bolsillo de su pantalón llevaba un soneto de Borges, Epitafio, quizás apócrifo, y cuyo primer verso reza: Ya somos el olvido que seremos…

Veinte años después de su muerte, el hijo escritor (Medellín, 1958) rinde un emotivo homenaje a la memorial padre, la persona más importante e influyente de su vida. Estas páginas, que no forman un libro rencoroso ni pretenden hacer entender lo irracional, son un intento de mitigar el dolor con la escritura.

Mal catalogado como “novela”, el libro es un testimonio lleno de rabia y al mismo tiempo de cariño. Muy madurado durante años, el relato es duro y emocionante, sin truculencias pero realista a la hora de retratar un clima de violencia muy generalizado. Al poco de ser publicado por Seix Barral en 2006, se convirtió en un éxito de ventas. Alfagüara lo reedita ahora añadiendo un código QR que da acceso al documental Carta a una sombra, basado en el libro.

Leonard Michaels. Sylvia

Michaels (1933-2003) es otro brillante escritor judío neoyorquino que destacó sobre todo en el relato corto y en sus Diarios. A finales de los ochenta, tres décadas después de los hechos, se atrevió por fin a escribir sobre su primer y desastroso matrimonio y el resultado fue este intenso libro de 1992 que se traduce ahora en España. Ficción autobiográfica o memorias a secas, cuenta su vida con Sylvia desde 1960 a 1964, cuando él era novel escritor y ella acababa sus estudios. Ella es inestable, histérica y patológicamente susceptible, pasa de iluminaciones de superdotada a berrinches adolescentes. La relación es tóxica desde el primer momento: sexo compulsivo, peleas explosivas y dependencia enfermiza. El asunto termina muy mal, como se intuye desde la primera página.

El libro está muy pulido y el estilo es destacable. Todo se narra con claridad y sinceridad, recurriendo a veces a párrafos del diario que el autor llevaba en esos años.   Se cuenta muy bien el ambiente neoyorquino de los sesenta, los garitos de jazz, las drogas, la sexualidad depravada a la que conduce la tiranía de los sentimientos, las lecturas de Nietzsche, las películas aburridas de Antonioni. El autor, víctima vampirizada de un matrimonio infernal, lucha por sacar adelante su vocación a la escritura y por no verse arrastrado a una locura, en el ambiente y en el hogar, que puede asfixiar sus aspiraciones. La visión general que se trasmite del matrimonio es muy negativa.

Auster. 4 3 2 1

Las decisiones y las circunstancias van determinando el camino de la vida. La libertad y el azar hacen que pequeños detalles determinen destinos muy diferentes. Esto lo ha explorado Auster en varias de sus novelas y vuelve a hacerlo ahora narrando la formación de la personalidad de Archie Ferguson. Judío neoyorquino, descendiente de inmigrantes rusos, inteligente y activo. Nació en 1947, hijo único de Rose, fotógrafa, y de Stanley, empresario, que tuvo un gran amor (Amy Schneiderman), algunos buenos amigos, y destacó en los deportes y en las letras.

Auster inventa cuatro vidas diferentes para Archie, cuatro caminos hacia la vida adulta que diferirán a partir de ligeras diferencias en sus elecciones de estudio y profesionales, la marcha del matrimonio de sus padres, su relación con Amy y amigos o eventuales circunstancias no controlables. En realidad hablamos de cuatro novelas distintas, que avanzan cronológicamente pero que se nos cuentan transversalmente, repartidas en siete episodios por vida: al primer capítulo de la vida 1 sigue el primero de la vida 2, el de la 3 y el de la 4; pasamos luego al segundo de la vida 1 y así sucesivamente. Esta decisión del escritor nos exige recordar casi treinta veces dónde nos habíamos quedado. Leer la novela longitudinalmente hasta completar cada historia es más sencillo y las ventajas compensan la ínfima pérdida del efecto que produce la singular estructura (alguna sorpresa y poco más).

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