Un libro para ellas. Bridget Christie

De vez en cuando hay libros que se saltan turnos. Éste ha sido uno de ellos. Es el libro de una monologuista inglesa especializada en feminismo. Mezcla el relato de su propia historia con el contenido de sus guiones. Es ingeniosa, divertida, inteligente y tiene sentido común. Resulta algo repetitiva: casi todo está en la introducción y en el capítulo primero. Los otros diez es más de lo mismo aunque nunca aburre.

Resulta algo local en muchas de las referencias pero el meollo es universal. No le importa recurrir a lo escatológico ni a cuestiones abiertamente sexuales pero no es lo principal ni resulta impresentable.

Se ríe de todo, como cuando dice que “No debería dedicarme a hacer humor sobre las complejidades de la mente femenina. Ni siquiera conozco mi propia mente”. No tiene pelos en la lengua: “no hay temas intocables, sólo malos guiones”.

Memorias de Stendhal

Después de Léautaud, no tenía más remedio que leer el Brulard. Lo he hecho no en la traducción de Bergés para Austral sino en una para Alfaguara de Juan Bravo. Lo que dice L es totalmente cierto y se aprecia incluso vertido al castellano: es fresco y lleno de realidad y autenticidad, a lo que contribuye sin duda que está sin terminar y sin revisar. Lástima que sólo llegue hasta su juventud. El contenido en si no es especialmente interesante: la muerte de su madre, el odio hacia su padre y hacia el jesuita que le educó, su temprana aversión hacia el cristianismo, su elitismo aristocrático. Es un tipo al que no le gusta casi nadie. Es un niño talentoso con pronta afición por las letras y la música.

Adora a Shakespeare, Cervantes, Ariosto, Rousseau, La Fontaine y las Memorias de Saint-Simon. No así a Racine ni a Voltaire.

Más adelante seguiré con los Recuerdos de egotismo, su Diario y sus libros de viajes.

No pretendo escribir una historia sino simplemente anotar recuerdos a fin de adivinar qué clase de hombre he sido.

No me atribuyó más méritos que pintar fielmente la naturaleza que con tanta claridad se me presenta en ciertos momentos. También estar seguro de mi perfecta buena fe, de mi adoración por lo auténtico. En tercer lugar, el placer que siento de escribir.

Es curioso observar la cantidad de cosas que recuerdo desde que escribo estas confesiones.

Umbral. La noche que llegué al café Gijón

En Los Cuadernos de Luis Vives hace Umbral su particular autorretrato del artista adolescente. A principios de los sesenta se marcha a Madrid, a intentar vivir en escritor o morir en el empeño. La crónica de esos años está hilvanada en estos recuerdos en torno a un lugar emblemático, epicentro cultural y social del mundo al que Umbral quería pertenecer.

Allí convivían varias tertulias (actores, gallegos, escritores, poetas, pintores, jóvenes,…). “El café era, entre otras muchas cosas, el hondón de Madrid adonde habían venido a parar los desclasados, los frustrados, los vencidos, los humillados”. “Barracón de los vencidos”, “cárcel voluntaria y conservadora de los voluntarios de la libertad”, dirá también.

Lecturas, artículos, hambres, museos, amores, primeros éxitos, pensiones y el primer cuarto propio, la escritura del primer libro (sobre Larra). El tema central del libro es la literatura y su forja como escritor, pero salen muchas cosas más: las mujeres, la vejez, la política o el dinero.

El libro termina con el entierro de Gómez de la Serna, un escritor fundamental para él.

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