Los hechos (Philip Roth)

Roth publicó esta Autobiografía de un novelista hace veinte años y en ella nos cuenta cinco episodios de su biografía, desde su etapa de formación a sus primeros éxitos, que completará dos años después con el relato de muerte de su padre (Patrimonio, 1991). En realidad, aporta pocas cosas nuevas a los lectores de sus novelas. “Como su padre”, Roth siempre habla de tres temas: la familia, Newark (New Yersey) y lo judío. Primero la infancia y la familia, un refugio único, indivisible e inviolable contra toda forma de amenaza; el béisbol como gran iglesia laica, sus esfuerzos de norteamericanización y su progresiva conciencia de que no es necesaria ninguna asimilación. Luego la adolescencia y la preparación para la universidad, separarse de los constreñimientos de una educación severa, la búsqueda de independencia y de afirmación sexual, lo que él denomina “hacerse un hombre”. Pronto destaca por su inteligencia, se autoafirma en sus ideales democráticos y principios liberales y se hace notar en las confraternidades universitarias.

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Steiner (y 2)

Errata, el examen de una vida (1997)

Una vez más la importancia de la formación de infancia para fomentar el talento. Su padre verificaba con un informe que había asimilado un libro antes de hacerle pasar a otra lectura. Le hacía repetir párrafos en voz alta hasta asegurarse de que los aprehendía. Y esto en francés, alemán e inglés. Steiner se emocionaba con la Odisea a los seis años y su padre traducía párrafos con él ¡en griego! Ya se imaginan de que tipo de estudioso estamos hablando. Define qué es para él un clásico, explica su pasión por Shakespeare, su vocación de enseñar, su amor por la música (y no el rock precisamente). Reflexiona sobre el multilingüismo, la traducción, la relación entre lenguaje y sexualidad, la ciencia, la democracia. Homenajea a sus maestros, a sus alumnos, da cuenta de sus frustraciones y de sus lugares favoritos. Repasa los libros que ha escrito, algunos también de ficción.

Me ha sorprendido su ateísmo. Es llamativo en alguien tan inteligente e intuitivo. Pienso que su gran escollo es la existencia del mal. No es un judío llorón pero vive horrorizado por la capacidad del hombre para el horror, y particularmente por el Holocausto. Esta ausencia de Dios en su vida, en mi opinión, explica en último término lo que él experimenta como “la multitudinaria soledad del erudito”.