Hablar de libros

Fin de Ribeyro, de sus Diarios y de las colecciones de cuentos que no conocía. Conocidos también los relatos que venía leyendo, en oleadas, desde 1994, sus Prosas apartidas, sus Dichos de Lúder y una de sus tres novelas (tan mala que no osaré las otras dos), ya debería poder decir algo de este escritor. Para eso debo pararme, repasar mis notas, pensar en él, releer –más a fondo- y analizar los cuentos que más me han gustado, sacar conclusiones, confrontarlas con lo que he leído y guardo sobre él. ¿Lo haré?

Es un buen cuentista sudamericano del S. XX y me gusta, si no todo, buena parte de lo que ha dejado escrito. Bien, pero ese esfuerzo me resta fuerzas y tiempo para otros escritores de ese país o de otro, de ese siglo o de otro, de ese género o de otro. Lo de siempre. Si sé que me gusta, ¿para qué quiero saber por qué? ¿para mi, para poder explicarlo a otros? ¿necesito esto? ¿lo necesitan los otros? ¿o es que la tarea me excede? Los que hablan y escriben cosas acertadas y atinadísimas sobre sus escritores más queridos, ¿han llegado a ellas sin estudio, sólo por intuición? ¿gozarán de un talento para lo literario del que yo carezco?

Pamuk

Estambul, S. XVI. El Sultán encarga en secreto a cuatro ilustradores la confección de un libro con unas pinturas como jamás se habían visto en la tradición coránica. Uno de ellos aparece asesinado. Un caligrafista vuelve a la ciudadtras doce años y quiere casarse con la hija del que coordina el proyecto.

Un asesinato, una historia de amor, un tratado sobre el arte y la pintura. Ambientación oriental muy cuidada y cientos de subtramas e historias colaterales al estilo de Las mil y una noches.

Novela titánica, caleidoscópica, cervantina y ambiciosa. Pamuk demuestra una mente fértil y de imaginación interminable.

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El legado del Rey Tsongor

Descarté este libro cuando supe de él, no me llamó la atención. Luego leí El sol de los Scorta, que me gustó sin entusiasmarme. Saga familiar, breve, intensa, que me fue interesando de más a menos. De todos modos me replanteé mi descarte anterior y, como lo tenía a mano, me zambullí en el Tsongor. Lo mismo. Fulgurante comienzo, mediana intensidad en el desarrollo, algo apresurado y con poca chicha el final.

De todos modos hay que tener en cuenta al dramaturgo-novelista francés. Del teatro deben venirle los diálogos, la brevedad y el tono épico-mítico-homérico-trágico de sus libros. Amores tremendos, muertes, batallas. Es un poco triste.

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