Hemingway y los toros

La tauromaquia tiene un poderoso atractivo emocional y estético que naturalmente no ha pasado inadvertido a la literatura. La ciencia del toro ha llegado a desarrollar todo un vocabulario propio y las mejores crónicas de corridas están más próximas a la literatura que al periodismo.

Cuanto ocurre en los cuatro años de vida de un toro bravo tiene sentido sólo para que durante los quince minutos que pasa en la plaza se comporte como un animal de lidia: fuerte, noble, valiente, una y otra vez atacando. Su oponente, el torero, es a la vez técnico y artista, necesita el valor porque su conocimiento no impide al cien por cien que arriesgue su vida. Puede hacer su trabajo con verdad, como se llama a dominar al animal sin trucos, sin ventajas, con pureza. Cuando el animal sale a la plaza en edad, peso y fuerzas adecuados, con sus defensas intactas, con su instinto no manipulado, y cuando el torero se entrega inspirado en conjunción de poder y de valor, se produce un milagro de una belleza plástica y una hondura que pocas artes pueden alcanzar.

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La interpretación del asesinato, de Rubenfeld

Creo que es uno de los libros más interesantes de los que se han publicado en España a la vuelta del verano.

Freud sostenía que las patologías psíquicas provenían de traumas arrastrados desde la niñez. El hijo o hija reprime su deseo sexual hacia su madre o padre hasta que, más adelante, tiene la suerte de topar con un psicoanalista que interpreta sus sueños. Suena un poco a broma, pero estas teorías, con mayor o menor porcentaje de aceptación, han sido sin duda influyentes en el siglo pasado. Naturalmente, una simplificación tan fantástica (o fantasiosa) siempre contó con detractores.

La novela es bastante buena. Si se cuenta así “una esposa neurótica proporciona amantes a su marido hasta que intenta eliminarlo; para ello planea con una joven –enamorada de ella y a cuyo padre ha seducido- un complot con tintes sado-masoquistas”, no hay por donde cogerla; pero creo que ese no es el libro. De todas formas, digo esto para que se tengan todos los naipes.

Es más entretenida que las complejas y densas novelas científicas de Volpi (En busca de Klingsor y El fin de la locura) y con más carga de ficción que las de Guedj (La medida del mundo o El teorema del loro). Y mejor, en todos los sentidos, que El Club Dante. Por citar algunas referencias recientes.

El Club Dumas


Punto de Lectura está publicando la obra completa de Arturo Pérez-Reverte.

Si no lo han leído les recomiendo El Club Dumas. Pérez-Reverte no es un vulgar escritor de best-seller como se empeñan algunos críticos. Piensa en el lector, es concienzudo, viene de una tradición de escritores narradores de historias. Así explicaba este libro en una reciente entrevista que le hacía Juan Cruz:

P. Su libro más propio, por decirlo así, es El Club Dumas. ¿Cómo lo hizo?

R. Es uno de mis libros favoritos. En él cuaja toda mi vida como lector. Leo desde los seis años. Y crecí con libros toda mi vida. En casa tengo 20.000 libros en este momento. Un día estaba releyendo a Alejandro Dumas y de pronto vi la trama. El Club Dumas surge en un momento en que en España había que escribir como William Faulkner, y todo lo que era contar historias estaba mal visto. Entonces el libro surge como un desafío, en un tiempo en que no se hablaba de clubes ni de nada de esto; fui un pionero. Fue una apuesta, y es el libro más agresivo que he hecho en plan desafío a lo que se estilaba en ese momento. Una declaración de principios. Estaba más solo que la una. Es un libro con una estructura complejísima, con guiños a la literatura del siglo XIX, de donde saqué las herramientas. Es la novela de la que más he disfrutado. Pero sobre todo fue una patada en los cojones a los que tenían secuestrada la literatura en ese momento.

P. Estaba claro Dumas, ahí detrás. ¿Qué otras sombras visibles hay en el trasfondo de su obra?
R. Para mí las sombras siguen siendo las mismas, con una dosis de mi propia sombra. Cada semana sigo leyendo al azar a Virgilio, a Homero, a Chateaubriand, a Conrad. Leo páginas, leo registros…, para mí son sagrados. No los leo para deleitarme. Los leo como uno que va al gimnasio y hace flexiones. Es mi gimnasia, mi afinador de herramientas.