Club del lector

 


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Diarios

En la revista Nuestro Tiempo de julio-agosto 07, Adolfo Torrecilla repasa las últimas entregas de varios escritores españoles de diarios: Andrés Trapiello, José Carlos Llop, José Jiménez Lozano, Miguel Sánchez-Ostiz y José Luis García Martín. Señala -interesante- que muchos de estos libros superan en prestigio al resto de la producción literaria de esos mismos autores.

No he leído los diarios de ninguno de esos cinco escritores, sí parte de los de Mann, Gide, Ribeyro, Kafka y algún otro más que ahora no recuerdo. Son un género apasionante, para mi, siempre que hablen de la producción literaria y menos de sus vidas personales (a veces, es mejor no conocer las de los personajes que admiras). En esta línea memorialística, son muy instructivos los epistolarios de Tolkien y de Flaubert.

La clave de este género, en mi opinión, es, como siempre en los libros, tener algo que decir. El elemento de “sinceridad” ((¿puede ser total cuando saber que se va a publicar?)) sólo es un valor añadido si se aportan cosas interesantes (que no suelen coincidir con los cotilleos ni con las actividades privadas que sólo interesan a uno mismo, y menos cuando son poco ejemplares).

Monterroso, in memoriam

 Augusto Monterroso (1921-2003)

El año 19 a.d.C Horacio escribió su Epistola ad Pisones y consagró la contención como una de las más apreciadas aspiraciones poéticas. Monterroso leyó al romano en su adolescencia, en la biblioteca de su ciudad, una biblioteca “tan mala que sólo contenía libros buenos”, y desde entonces adoptó esa divisa y se lanzó a perseguir la perfección.

Luego leyó a Cervantes, y aprendió la manera de contar historias, y a Montaigne, y se contagió de su sabiduría e intuición, y a Swift, y heredó su humor inteligente, y a Esopo y a La Fontaine y a Iriarte, y se propuso rescatar la fábula como género de expresión.

Monterroso era pequeño y tímido, afable y generoso, parco y certero en el hablar, modesto y falto de vanidad como pocas veces se ha visto en un escritor, de un humor tan inteligente y contagioso y de una lucidez tan intuitiva que muchos escritores buscaban su trato y le tenían por maestro.

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