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Epitafio

Así se imagina Barnes la necrológica que se le podría dedicar:

Ayer murió un londinense de más de sesenta y dos años. Durante la mayor parte de su vida gozó de buena salud y no había pasado una sola noche en un hospital hasta la enfermedad definitiva. Tras un comienzo profesional lento e improductivo, alcanzó más éxito del que había esperado. Tras un comienzo emocional lento y precario, alcanzó tanta felicidad como permitía su naturaleza. A pesar del egoísmo de sus genes, no logró —o, mejor dicho, no quiso— transmitirlos a otros, creyendo además que su negativa constituía un acto de libre albedrío frente al determinismo biológico. Escribió libros y después murió. Aunque un amigo satírico pensaba que su vida estuvo dividida entre la literatura y la cocina (y la botella de vino), hubo en ella otras facetas: amor, amistad, música, arte, sociedad, viajes, deportes, bromas. Era feliz en compañía de sí mismo siempre que supiera cuándo terminaría esta soledad. Amaba a su mujer y temía a la muerte.

Julian Barnes, Nada que temer.

Barnes echa de menos a Dios


Este libro de Barnes es sobre Dios y la muerte y, de pasada, cuenta bastantes cosas sobre su familia. No son propiamente, como se ha dicho, sus memorias.

Básicamente analiza las cuatro posibilidades posibles combinando esos dos elementos: Dios sí, muerte no; Dios no, muerte no; etc.

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Barnes. Pulso

Cuando acaba de ganar el Booker en Inglaterra con su última novela, se publica en España esta última colección de relatos, aparecidos también este mismo año en su país. Barnes pertenece a una talentosa generación de escritores británicos formada por Ishiguro, Amis, McEwan y otros.

Barnes (1946) puede que sea el más ingenioso e imaginativo de todos ellos, pero hasta ahora -exceptuando la excepcional El loro de Flaubert, que no es exactamente ficción- no ha escrito aún un gran libro redondo. Siempre es original y brillante, con un humor mordaz que invita a trivializar su cáustica visión del hombre y, en particular, de sus relaciones sentimentales. Su habitual tono descreído y juguetón, unido a su estilo depurado y elegante, es confundido por muchos con la inteligencia. Una escritora protagonista de uno de los relatos dice que “toda la vida es un fracaso, y el escritor puede convertir eso en arte”, y este parece ser el lema inspirador de Barnes.

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