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Ginzburg. Pequeñas virtudes
Estupendo libro. Once textos recopilados, escritos por la escritora italiana entre los 28 y los 46 años, que podríamos calificar de ensayos autobiográficos. Desprenden intimidad, nostalgia, melancolía, ternura, delicadeza. Evoca personas y lugares, el estímulo de la amistad, la unión de la vida matrimonial. También la importancia de la lectura y la vocación por la escritura. También la experiencia del mal, la guerra y el exilio.
Me han gustado especialmente el que describe las relaciones humanas (familia, compañeros, amigos, marido e hijos, estos últimos “el prójimo por excelencia”) y el de la educación (ir a por lo grande).
Sin proponérmelo, ya han caído en mis manos tres libros de la Ginzburg, la novela Léxico familiar (que no me llamó mucho la atención), su ensayito biográfico sobre Chéjov (interesante) y éste, el que más me ha gustado sin duda.
Chéjov según Ginzburg
El prestigio de Chéjov entre escritores, particularmente de relatos, no tiene parangón. Lo cierto es que a mi nunca me han entusiasmado sus cuentos, ni tampoco especialmente su teatro, y quiero arreglar esta falta de sintonía que achaco a mis limitaciones. No es que me empeñe en que algo me guste, es que en este caso intuyo que estoy equivocado. Así que me propongo intentarlo de nuevo y me he conseguido un par de buenas selecciones (una de Richard Ford y otra de 16 relatos comentados por otros tantos escritores). Ya les contaré.
Para calentar motores, un breve ensayito de Natalia Ginzburg editado por El Acantilado. Se lee del tirón de bien escrito. Destaca la forma extraordinaria (brusca, ligera, fulminante e imperiosa) de introducir una historia, como abrir una ventana y mostrar los rasgos de una o varias personas (ver sus rasgos, oír sus voces, intuir sus estados de ánimo) y luego cerrarla ante el lector absorto, estupefacto y divertido. Alternancia de comicidad y melancolía, piedad y dolor fríos. Sus personajes comentan continuamente, pero el escritor nunca lo hace, nunca da ni quita la razón a nadie.
Chejov aconseja
Consejos para escritores:
• Uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir.
• Cuando escribo no tengo la impresión de que mis historias sean tristes. En cualquier caso, cuando trabajo estoy siempre de buen humor. Cuanto más alegre es mi vida, más sombríos son los relatos que escribo.
• Dios mío, no permitas que juzgue o hable de lo que no conozco y no comprendo.
• No pulir, no limar demasiado. Hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es hermana del talento.
• Lo he visto todo. No obstante, ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto.
• Es extraño: ahora tengo la manía de la brevedad: nada de lo que leo, mío o ajeno, me parece lo bastante breve.
• Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá por su cuenta los elementos subjetivos que faltan al cuento.
• Es más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera.
• Guarde el relato en un baúl un año entero y, después de ese tiempo, vuelva a leerlo. Entonces lo verá todo más claro. Escriba una novela. Escríbala durante un año entero. Después acórtela medio año y después publíquela. Un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado.
• Te aconsejo: 1) ninguna monserga de carácter político, social, económico; 2) objetividad absoluta; 3) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas; 4) máxima concisión; 5) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional; 6) espontaneidad.
• Es difícil unir las ganas de vivir con las de escribir. No dejes correr tu pluma cuando tu cabeza está cansada.
• Nunca se debe mentir. El arte tiene esta grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir.
• Nada es más fácil que describir autoridades antipáticas. Al lector le gusta, pero sólo al más insoportable, al más mediocre de los lectores. Dios te guarde de los lugares comunes. Lo mejor de todo es no describir el estado de ánimo de los personajes. Hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones. No publiques hasta estar seguro de que tus personajes están vivos y de que no pecas contra la realidad.
• Escribir para los críticos tiene tanto sentido como darle a oler flores a una persona resfriada.
• No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo.
• No es la escritura en sí misma lo que me da náusea, sino el entorno literario, del que no es posible escapar y que te acompaña a todas partes, como a la tierra su atmósfera. No creo en nuestra intelligentsia, que es hipócrita, falsa, histérica, maleducada, ociosa; no le creo ni siquiera cuando sufre y se lamenta, ya que sus perseguidores proceden de sus propias entrañas. Creo en los individuos, en unas pocas personas esparcidas por todos los rincones -sean intelectuales o campesinos-; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos.
[Fuente: Ciudad Seva]

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