Conociendo a Vargas

Entresaco de la conversación de Qué Leer con Fred Vargas en Gijón:

Una de las escritoras de novela policiaca más leídas del mundo. Renovadora del género sin excusas sociales ni histórico-culturales, mundo propio entre el surrealismo y la concepción medieval del monstruo.

Su apellido real, Audoin-Rouzeau. Su nombre completo: Frédérique. Su apellido de ficción, que comparte con su hermana pintora Jo, lo toman prestado de Ava Gardner en La condesa descalza.

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La tercera virgen

Una de las novelas más complejas de Fred Vargas, de las que he leído hasta ahora. El tema es conocido: la quimérica aspiración de huir de la muerte, la persecución del elixir de la vida. Una antigua fórmula medieval que incluye cabellos de mujeres vírgenes y huesos de ciervos y de gatos. Adamsberg consigue a duras penas relacionar extrañas desapariciones, saqueos de tumbas y mutilaciones de ciervos. A la vez debe lidiar con su difícil relación amorosa con Camille, y con un elemento de su infancia que reaparece buscando venganza. Danglard, Retancourt y demás habituales de la Brigada parisina completan una vez más el cuadro.

Interesante la cuestión de los criminales disociados.A mi me ha gustado mucho. Aunque, repito, Vargas es bastante singular. Ha de gustar su estilo de personajes y el modo de hacer avanzar las historias.

Vargas. Más allá, a la derecha

Vargas es una de esas escritoras que te gusta o no te gusta. Puede poner nervioso al que busca acción trepidante y personajes convencionales, claros y sin aristas. Ya hemos explicado otras veces que lo suyo es otra tonalidad de noir.

Esta historia tarda un poco en calentar motores pero una vez que lo hace se pone a mil por hora. Kehlweiler es un ex-poli vocacional que rompe todos los moldes y sus colaboradores no se quedan atrás. A partir de un huesecito humano que sale de un perro (por donde salen las cosas de los perros) reconstruye un crimen atroz. De camino, ajusta cuentas con policías poco escrupulosos, levanta tapaderas y se reencuentra con su últimoa mor que le abandonó.

Vargas mitiga el pequeño pero pertinaz remordimiento que siempre me acosa cuando leo novelas policiacas.