Avasallar


Darse muchas ínfulas 

En la Antigüedad, se llamaban «ínfulas» a unas tiras o vendas de las que pendían dos cintas llamadas vittae, una a cada lado de la cabeza. Las «ínfulas» se usaban arrolladas en la cabeza a manera de diadema o corona, y solían lucirlas los príncipes y sacerdotes paganos, como señal distintiva de su dignidad. Con estas «ínfulas» se adornaban también los altares y -en algunas ocasiones- las víctimas que eran llevadas al sacrificio. Pero cuantas más eran las ínfulas y mejor la calidad de su confección, más importante era considerada la persona que las portaba, por lo que, era muy común escuchar hablar de víctima de muchas ínfulas. Con el tiempo, el dicho pasó a designar a todo aquel que actúa con habitual vanidad y orgullo desmedidos y, por lo general, despreciando al prójimo.

Una de vampiros

Cada vez me gustan más las novelas de Vargas y no paro de recomendarla. Ella insiste en que no hace novela negra sino de enigma y yo diría más, creo que ni siquiera es novela criminal.

Disfruto con las circunvoluciones mentales de Adamsberg y su brillante intuición, con la erudición de Danglard que baja al comisario de las nubes, con la fiel determinación de la teniente Retancourt (“el mejor hombre de la Brigada”), con las tontadas de Estalère, con Veyrenc (que reaparece desde los Pirineos), y con Mordent, Froissy, Nöel y todos los demás, un micromundo de maderos (flics) tan familiar después de tantas historias. Además cada caso es tan sólido, original y asombroso que ninguna novela se parece a las demás ni, desde luego, a las de otros escritores que yo conozca. A mi la palabra vampiro me hubiera hecho cerrar un libro a la primera aparición. Pero Vargas nos vende la moto. Cementerios, leyendas, sortilegios, supersticiones y magia, de la mano de pruebas de ADN, un racionalismo feroz y erudición histórica.

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