Escritura natural

Angel Zapata, hablando de la naturalidad en la escritura en La práctica del relato, se fija en el ejemplo de Carver, que consigue escribir con aire de “conversación escrita”, pero manteniendo lo esencial de la comunicación verbal:

1. Claridad: vocabulario usual (comprensible a la primera),
2. Contención: nada de adornos retóricos,
3. Síntesis: frases cortas (atención abarcable rápidamente),
4. Connotación: subrayado emocional de algún dato significativo,  mostrar desde qué estado emotivo cuenta su historia el personaje  (obtiene la empatía del receptor).

A la vez, vale excepcionalmente lo contrario. Valle-Inclán. Estilo elaboradísimo, atractivo precisamente en su sugestión verbal, Tirano funciona no a pesar de la complejidad del estilo sino justamente por ella. Era un superdotado verbal. Es absurdo intentar imitarle.  Posee una personalidad artística tan fuerte que puede permitirse no escribir con “claridad” convencional.

Curzio Malaparte

Revista 6/2011

Yo he pedido:
Aunque me tentaba más la Correspondencia de Carmen Martín Gaite y Juan Benet, pág. 16, al final he pedido Kaputt, de Curzio Malaparte (pág, 22). Crónica periodística de la segunda guerra mundial escrita por un reportero italiano. Aquí tienen una reseña de ese libro que miré en un blog.

Apuestas seguras:
• Crónica de una muerte anunciada, García Márquez. Pág. 17.
• Carpe diem, Saul Bellow. Pág. 22.
• El tiempo entre costuras, María Dueñas. Pág. 41.

He leído recientemente aunque aún no he comentado en el blog:
• Los asesinos del emperador, Santiago Posteguillo. Pág. 37. Más floja que las de Escipión.
• Janne Teller, Nada. Pág. 23. No merece mucho la pena. Ya les comentaré.

No sé si será interesante:
• El síndrome E, Franck Thilliez. Pág 27. Thriller francés.

Traslados

Atar los bártulos

Bártulo o Bártolo de Sasso-Ferrato (que, posteriormente, dio origen al popular nombre Bartolo) fue un eminente jurisconsulto italiano que vivió en la baja Edad Media, profesor de Derecho en las universidades de Pisa, Bolonia, Padua y Perusa y cuyas obras -contenidas en trece volúmenes- sirvieron de base de estudio durante tres siglos a los alumnos de Derecho de toda Europa. Los estudiantes españoles tomaban nota de las obras del ilustre tratadista y, una vez concluida la clase, ataban los apuntes por medio de cintas o correas. Al conjunto de estos apuntes se los conocía familiarmente por el nombre de bártulos, de donde, en la jerga estudiantil, la tarea de reagruparlos y atarlos una vez utilizados, dio origen a la expresión atar (o liar) los bártulos. Por extensión, el dicho terminó por aplicarse también a toda disposición o preparativo que, por lo general, hace referencia a una mudanza, cambio de domicilio o traslado de utensilios.