Tolstoi. Confesión

Tolstoi crece creyendo cada vez más en la razón. Su obsesión es el perfeccionamiento intelectual y el progreso. Vagamente, quiere ser moralmente bueno. Se sabe perteneciente a la élite artística y social. Pero es honesto y llega un momento de su vida es que se hace las preguntas existenciales básicas. No encuentra respuesta sobre el sentido de la vida ni en las ciencias especulativas ni en las experimentales. Concluye que la vida es una broma estúpida, un mal absurdo; al final espera el dragón de la muerte y, hasta entonces, los ratones del dolor, la vejez y la enfermedad. Sólo caben cuatro salidas: la ignorancia, el epicureísmo, el suicidio o la debilidad de no hacer nada. Pero no se atreve a suicidarse.

Entonces se lanza a explorar la fe cristiana y ve por ahí la salida sin tener que ir contra la razón. Se lanza a una búsqueda de Dios honrada y vital. No llega al final ni a la verdad completa, sus esfuerzos resultan demasiado intelectuales, no termina de renunciar del todo a los materialismos y tiene problemas con algunas fuentes de la revelación.

Todo este itinerario no termina del todo bien pero está excelentemente contado y es, al menos, un testimonio de calidad de la búsqueda de la verdad.

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