Borges, una felicidad

Cada línea de Borges, una felicidad. Creo que lo dijo él mismo de algún otro. Da igual sobre lo que escriba, aunque sea algo que me interesa tan poco como la vida de Evaristo Carriego o la poesía gauchesca. El lenguaje es plastilina en sus manos, su inteligencia encuentra siempre los matices adecuados para describir una situación o transmitir una impresión. Un maestro. En cada línea me sorprende: nunca se me hubiera ocurrido decirlo así y, ahora visto, no se podría decir mejor, luego…evidentemente, yo no soy Borges.

K. A. Porter

Katherine Anne Porter es una escritora sureña norteamericana (1890-1980) que escribió sólo cuentos. Tres colecciones. Ganó con el conjunto en National Book Award y el Pulitzer en 1965. Por primera vez se edita la colección completa (más algunos inéditos) en castellano. Como no, en Lumen, que tiene buena vista para estas cosas (Flannery O’Connor, Hemingway, etc). Para mi es una combinación irresistible: relatos + USA + completos + buena edición…Si además es una escritora de prestigio entre escritores y la recomienda vivamente mi admirado Manuel Rodríguez Rivero,…

Leo la primera colección (Judas en flor) y me planto. No está mal, pero no me ha enganchado. Tienen el gusto por la violencia de Faulkner y O’Connor pero más suavizado. Problemas matrimoniales, aburrimiento, discusiones, celos, abandonos, amantes. Su visión de la vida no es precisamente estimulante aunque no la calificaría de pesimista. Hay algún cuento raro, técnicamente difícil, que me ha recordado el estilo de Onetti.

Una lectura de calidad aunque no imprescindible.

Microcuento

Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomamos un café mientras continuábamos charlando. No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad.

“Soledad”, de Pedro de Miguel

in memoriam