Tres rosas amarillas

Tres rosas amarillas. Espacio desde hace meses el último Carver que me queda. Irrumpe en una situación corriente, plantea una tensión, tan real, bien contada y dialogada que no parece en nada literatura, estás ahí, entras con una cámara en la vida real, vives y sientes un rato con los personajes y fin. Fin de esa secuencia, no de la vida ni de los personajes. Es una estampa. Creo que debe ser muy difícil escribir así. Por eso es grande. (Releo el párrafo y no encuentro ninguna idea interesante que explique a Carver).

Borges

Me voy una semana fuera y me llevo el tercer tomo de sus Obras Completas, edición del Círculo de lectores. Siempre me deja un poco frío pero me entusiasma su castellano. Juega en otra división. Malabarismo literario de un genio. Sin emoción. Sin vida. Libros sobre libros, sobre ideas, no sobre hombres. Asepsia. Culturalismo libresco. Imposible no admirarle aunque difícil amarle.

Monterroso, in memoriam

 Augusto Monterroso (1921-2003)

El año 19 a.d.C Horacio escribió su Epistola ad Pisones y consagró la contención como una de las más apreciadas aspiraciones poéticas. Monterroso leyó al romano en su adolescencia, en la biblioteca de su ciudad, una biblioteca “tan mala que sólo contenía libros buenos”, y desde entonces adoptó esa divisa y se lanzó a perseguir la perfección.

Luego leyó a Cervantes, y aprendió la manera de contar historias, y a Montaigne, y se contagió de su sabiduría e intuición, y a Swift, y heredó su humor inteligente, y a Esopo y a La Fontaine y a Iriarte, y se propuso rescatar la fábula como género de expresión.

Monterroso era pequeño y tímido, afable y generoso, parco y certero en el hablar, modesto y falto de vanidad como pocas veces se ha visto en un escritor, de un humor tan inteligente y contagioso y de una lucidez tan intuitiva que muchos escritores buscaban su trato y le tenían por maestro.

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