Es sabido por todos que la ceguera -aparte de constituir una lamentable desgracia para quien la padece- ha sido siempre motivo de burla y pretexto para la creación de frases y expresiones divertidas. Y para probar esta afirmación, basta con citar algunos de los juegos populares nacidos en tiempos remotos cuyo fundamento consistía en privar ocasionalmente de la visión a los participantes. Tales son los casos de la gallina ciega y la piñata, juego que llegó a dar nombre a un día: el «Domingo de la Piñata», en cuyos festejos se vendaban los ojos de los participantes y estos, armados de un palo, comenzaban a dar garrotazos contra una cazuela de barro pendiente de hilo. Cuando la vasija era alcanzada por un certero garrotazo, ésta se abría derramando su contenido -que solía ser agua o pequeñas golosinas- sobre el autor del golpe. Así, la gente estallaba en bullicioso jolgorio. De esta alegre costumbre, no extinguida del todo en nuestros días, precede la expresión dar palos de ciego, aplicada para significar el perjuicio que se sufre al proceder sin tino ni cautela, a lo loco, en cualquier asunto delicado.
Mes: marzo 2012
Pedro Páramo
Rescato este artículo del 2005, cuando se ultimaba en Méjico la publicación de un facsímil del manuscrito original de la novela, de un volumen que recoge toda la crítica al libro que se publicó entre 1955 y 1970 y de un conjunto de fotografías inéditas del escritor.
Las cien páginas más célebres de la literatura mejicana
Juan Rulfo nació en Jalisco en 1918, tuvo una infancia y adolescencia duras, sus padres fueron asesinados durante la Revolución mejicana y luego pasó cuatro años en un orfanato, de los diez a los catorce. Dejó pronto sus estudios de Derecho y ejerció diversos empleos. Con 35 años, el oscuro oficinista publicó El llano en llamas, una colección de quince relatos que pasaría desapercibida, a los que se añadirían dos en las ediciones posteriores a 1970. Dos años después, en marzo de 1955, publicó Pedro Páramo, novela llena de novedades y que, ahora sí, acaparó la atención de la crítica. Desde entonces enmudeció literariamente. Permaneció en sus empleos gubernamentales, evitó a los demás todo lo que pudo como hombre tímido e introvertido que era, disfrutó de sus dos éxitos literarios y falleció en 1986, ya convertido en mito literario.

