Dice Iñaki Uriarte en sus Diarios que la crítica literaria en los periódicos se suele hacer a partir de la lectura de unas pocas páginas de un libro. Y añade que esto no podría hacerse con los deportes, “sujetos a un control mucho más amplio y democrático que los libros, que nadie ha leído ni leerá”.
Mes: agosto 2011
Jean D’Aillon
Hay fuentes históricas (La Rochefoucauld, De Brienne) que recogen el episodio del intercambio de joyas entre la corona inglesa y Ana de Austria y entre ésta y el Duque de Buckingham. Dumas toma el episodio y lo convierte en un apasionante episodio galante a mayor gloria de sus inolvidables mosqueteros. D’Aillon retoma el incidente y lo coloca en el epicentro de una vasta intriga política con la que España y los jesuitas quieren impedir un enlace matrimonial que uniría a Francia e Inglaterra. Athos y D’Artagnan son sustituidos por dos niños aventureros, estudiantes en un colegio de la Compañía en París, que se verán en la posibilidad de influir decisivamente en el desenlace del episodio.
El ambiente de la época está bien reflejado y como cuadro puede pasar, pero como historia novelesca resulta inflada y poco emocionante. Todo el marco histórico es muy conocido, y no hay sorpresa tampoco en el modo de mostrar la cara más oscura de la diplomacia, que no se para ante el espionaje, la extorsión o el crimen. Colocar en el centro del tablero a unos niños aventureros, simpáticos pero con limitados recursos, no contribuye a atrapar la atención sobre un episodio muy puntual y que deviene escasamente interesante en las manos de D’Aillon. Por otro lado, pese a los esfuerzos que puedan hacerse por comprender la mentalidad de la época, se ofrece una visión parcial, desagradable y opresiva de la religión católica.
A lo loco
Según el Diccionario de la Real Academia Española, significa “hacer una cosa con desbaratamiento, sin orden ni concierto”. Es frase muy antigua, que se encuentra ya en Don Quijote en los versos truncos, de cabo roto, que dirige Urganda la Desconocida, en la parte poética preliminar de la novela. Por cierto que entonces Cervantes, jugando con el vocablo, emplea esta segunda imagen no sólo como expresión adverbial sino en su simple sentido, llamando tontas y locas a las doncellas que se entretenían en vanas locuras.
Algo parecido pasa con la historieta atribuida al dramaturgo contemporáneo Jacinto Benavente, a quien, habiéndole propuesto unas damas que pronunciara una conferencia en un club femenino, allá por los años veinte de nuestro siglo, contestó que no le gustaba improvisar, hablar “a tontas y a locas”, jugando con el sentido literal y el sentido adverbial del vocablo. Aunque es posible que se expresara tan sarcásticamente, es seguro que la frase no era suya.
Efectivamente, el licenciado Juan de Robles en su primera parte de El culto sevillano, obra del siglo XVII, escribe, refiriéndose al fraile agustino fray Juan Farfán: “Convidáronle ciertas monjas para predicarles un sermón grave, dándole poco lugar de estudiar. Subióse al púlpito y escusóse de ello y remató la escusa diciendo: «Pero al fin, hoy predicaremos a tontas y a locas, como pudiéramos»”. Éste debió de ser un chascarrillo bastante vulgar en los postreros años del siglo XVI puesto que se registraba también en los Diálogos de apacible entretenimiento de Gaspar Lucas Hidalgo (Barcelona, 1605). Y asimismo en Luis Quiñones de Benavente, en el siglo XVII, pues el personaje Cosme dice en su Entremés del soldado: «De aquestas palabras pocas no os agraviéis, damas, no; que ya se sabe que yo lo digo a tontas y a locas».

