El esclavo de Filemón

Onésimo es un esclavo que huye de la hacienda donde ejerce como capataz para su amo Filemón, en Colosas, y vuelve al cabo de los años pidiendo su libertad con una carta de recomendación firmada en Roma por el apóstol Pablo. Este documento forma parte del corpus paulino y es prácticamente cuanto se sabe a ciencia cierta de este personaje. El resto es novela. Ivars se apoya en las fuentes históricas del periodo, en lo que conocemos de la vida de los primeros cristianos y en una detallada reconstrucción geográfica de lugares y ciudades, para recrear lo que podría haber sido el periplo de Onésimo en esos años.

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Pueden leer la reseña completa en Aceprensa (libre acceso).

Suavizar

Dorar la píldora 

Desde siempre, los medicamentos (infusiones, polvos, brebajes…) se han caracterizado por tener un sabor amargo, lo cual los hacía molestos en el momento de tener que tragarlos, pero eso era considerado algo natural, tanto como lo era el hábito de tener que soportar el dolor. Hoy, todos sabemos que esos botoncitos compuestos por distintas variedades de productos medicinales llamados píldoras suelen estar integrados -por lo general- por elementos de sabor amargo y desagradable al paladar. De ahí, que los antiguos boticarios, tal como se sigue haciendo en el día de hoy en los modernos laboratorios farmacéuticos, para disfrazar o disimular ese desagradable sabor, acudiesen al recurso de dorar la píldora con alguna substancia de gusto azucarado y suave al paladar, de manera que se facilitara la acción de tragar el medicamento. Ese es el sentido de la expresión dorar la píldora, que hoy aplicamos en el lenguaje diario para hacer o decir algo de una forma más suave y tratando de no herir a quien nos escucha.

Grangé

Hace unos años leí una novela de Grangé, La línea negra, que me impresionó bastante. Lo suyo es el thriller criminal al límite, varios pasos por delante del resto en cuanto a sus encarnaciones del mal.

Ahora ha publicado Miserere, traducida en España como El origen del mal. Extraños asesinatos, dos policías completamente fuera de molde y un trasfondo que pone los pelos de punta.

El dolor y el castigo como redención, la voz humana como instrumento de dolor, la religión, el nazismo, una secta, experimientos con humanos, coros de niños (de ahí lo del Miserere), política, pederastia, tortura, Chile y París. Cualquiera de esos elementos habría bastado para una novela, pero Grangé los emplea todos. Resulta excesivo. Por no hablar de los polis: un jubilado armenio con un pasado y un joven yonki con habilidades de 007.

Grangé trabaja sus libros y hay muchos datos (geográficos, científicos, armamentísticos, históricos, musicales, etc) buscando la credibilidad del lector, al que pronto le queda agotada la capacidad de asombro. Ya lo he dicho, excesivo.