Emmerich

Estos días de Semana Santa he releído el relato de la Pasión de Ana Catherina Emmerich. Esta religiosa, por una gracia especial, pudo revivir como testigo todo lo que ocurrió en la primera Semana Santa. El relato es vívido y detallista, fiel completamente a la Sagradas Escrituras pero con muchos más matices. Lo tomo como lo que es, una ayuda para representarnos unos hechos.

En este texto se inspiró Mel Gibson para rodar La Pasión. Lo que ocurre ahora, o al menos me ha ocurrido a mi, es que después de haber visto la impresionante película, es difícil que cualquier libro sobre lo mismo te pueda impactar tanto. Sé que suele ocurrir al contrario, pero no esta vez.

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Bonhoeffer

Un modo pintoresco por el que puedo terminar leyendo un libro: por su aspecto. Dietrich Bonhoeffer, esbozo de un vida, es un pequeño volumen irresistible en ese sentido. Pasta dura, papel de calidad, fotografías, palabras manuscritas sobreimpresionadas, trozos de su epistolario. Un libro precioso, en el sentido más físico del término. Lo escribe Renate Bethge, sobrina de Bonhoeffer.

Por lo demás, es la primera noticia que tenía de este teólogo protestante alemán que participó en un complot para asesinar a Hitler, una vez se convenció de que el nacionalsocialismo venía para quedarse.

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El fracaso en la novela moderna

Como Mencken señaló, la esencia de la mayoría de las novelas radica en el fracaso de un hombre, en la degeneración del personaje. Esto nos lleva a otra cuestión: ¿qué pensamos de la felicidad? ¿Qué pensamos de la derrota, de la victoria? Hoy, cuando la gente habla de un final feliz, lo considera una mera condescendencia hacia el público o un recurso comercial; lo consideran artificioso. Pero durante siglos los hombres fueron capaces de creer sinceramente en la felicidad y en la victoria, aunque sentían la imprescindible dignidad de la derrota. Por ejemplo, cuando la gente escribía sobre el Vellocino de Oro (una de las historias más antiguas de la humanidad), oyentes y lectores sabían desde el principio que el tesoro sería hallado al final.Bien, hoy, si se emprende una aventura, sabemos que acabará en fracaso. Cuando leemos -y pienso en un ejemplo que admiro- Los papeles de Aspern, sabemos que los papeles nunca serán hallados. Cuando leemos El castillo de Franz Kafka, sabemos que el hombre nunca entrará en el castillo. Es decir, no podernos creer de verdad en la felicidad y en el triunfo. Y quizá ésta sea una de las miserias de nuestro tiempo. Me figuro que Kafka sentía prácticamente lo mismo cuando deseaba que sus libros fueran destruidos: en realidad quería escribir un libro feliz y victorioso, y se daba cuenta de que le era imposible. Hubiera podido escribirlo, evidentemente, pero el público habría notado que no decía la verdad. No la verdad de los hechos, sino la verdad de sus sueños.

Borges. Arte poética, seis conferencias (1968)