Motín en La Bounty (Boyne)

El libro de Boyne sobre niños con pijamas en campos de concentración me pareció flojo y sentimentalón. No me interesan especialmente los libros de aventuras y menos en el mar (siempre llenos de términos técnicos). Tres: he visto las dos películas fundamentales sobre esto y no me dijeron mucho. Así que cuando vi una montaña (no exagero) de este libro en una librería recé interiormente porque no me tocara. Y me tocó. Una posibilidad entre cien que Aceprensa se fije en este libro (yo desde luego no lo iba a proponer) y, además, que me lo encargue a mi. Bueno, pues a pesar de mi poca predisposición, me ha gustado.

Los hechos. En 1787, al mando del capitán William Bligh, La Bounty parte hacia Tahití para cargar alimentos y llevarlos después al Caribe, para alimentar a esclavos de forma barata. Los meses que han de pasar en la isla de destino sirven para que la tripulación establezca lazos sentimentales con las nativas. Poco después de iniciarse la travesía hasta el Caribe, parte de la tripulación se amotina y vuelve a Tahití con el barco y otra parte permanece fiel a Bligh. Bligh consigue llegar a Inglaterra y es considerado un héroe. Una expedición posterior conseguirá devolver al país a algunos de los amotinados que serán condenados duramente.

Estos hechos han sido llevados al cine al menos tres veces: en 1935 (dirige Frank Lloyd y protagonizan Charles Laughton y Clark Gable), en 1962 (Lewis Milestone dirige a Marlon Brando y Trevor Howard) y en 1984 (Anthony Hopkins y Mel Gibson en una producción con Roger Donaldson al frente). En la versión de 1935, basada en la novela de novela de Charles Nordhoff y James Norman Hall, Bligh es presentado como un ser tiránico y cruel, que incluso roba a sus hombres y el primer oficial Flechter Christian, líder de los amotinados, como un héroe. En la versión de 1962 el motín se produce por culpa del racionamiento exagerado del agua en beneficio del cargamento.

En esta ocasión Boyne (Dublín, 1971) se mantiene fiel al esqueleto básico de los hechos con dos aportaciones: la relación de Bligh con su criado Turnstile y el peso del papel de las nativas de Tahití en el motín.

Turnstile es un pícaro ladronzuelo que, como Jean Valjean, encuentra a su obispo Myriel en su camino y decide recomenzar su vida. Bligh es un hombre justo y decente, el padre que nunca tuvo. Se crea entre ellos una bella relación de amistad y lealtad. Turnstile es quien narra toda la historia de La Bounty. La disciplinada vida del mar queda bien retratada pero el libro no es el típico relato de aventuras marinas llenas de nombres técnicos de piezas y de maniobras, sino que se centra en el carácter de los personajes, capitán, oficiales y marineros, y en sus relaciones. El centro de la historia son los continuos dilemas y decisiones entre el bien y el mal, en los que Boyne cambia los papeles canónicos del héroe y el villano en esta historia, enfrentándose a toda la iconografía precedente (novelística y cinematográfica). Las nativas de la isla son unas hembras promiscuas que vuelven locos a los hombres y estos pierden cualquier deseo de volver. A lo largo de todo el libro se guardan las formas pero el picante sexual está impregnando todo el relato. Desde el motín, el libro cuenta el típico relato de supervivencia en bote. Situaciones límite, heroísmos y actos de solidaridad.

Es una pena el hincapié en el desdichado pasado de Turnstile, en las garras de un negocio de prostitución de niños y la abundancia de comentarios soeces que acompaña todas las menciones a Tahití. Por lo demás, el motín de La Bounty confirma que sigue siendo una buena historia inspiradora de ficciones atractivas. Boyne consigue una relato de aventuras bien contado más consistente que la endeble superventas El niño del pijama a rayas.

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