Borges

Me voy una semana fuera y me llevo el tercer tomo de sus Obras Completas, edición del Círculo de lectores. Siempre me deja un poco frío pero me entusiasma su castellano. Juega en otra división. Malabarismo literario de un genio. Sin emoción. Sin vida. Libros sobre libros, sobre ideas, no sobre hombres. Asepsia. Culturalismo libresco. Imposible no admirarle aunque difícil amarle.

Kafka y su padre

Rescato esta nota:

Termino la lectura de la Carta al padre de K. Texto breve y cómodo que admite lectura en la pantalla del ordenador. Aún no he llegado a entender la importancia fundante e indiscutida de este autor. He leído pacientemente y sin gusto sus novelas (Proceso, Castillo, América), algunos de sus relatos (que algunos, ej. Marías, encuentran mejores que las aquellas) y ahora esto. Dicen que lo mejor son los Diarios. Esta carta explica mucho de su personalidad, que se me ocurre resumir en una palabra: inseguridad. Llevada al límite, hizo necesaria la intervención motu propio de Brod para que nos llegara su obra. Padre autoritario, insensible, duro en extremo con los demás, sin ninguna confianza en/con su hijo. Hijo débil, falto de confianza en sí mismo, con sentimiento de culpa, constantemente humillado por un padre al que sólo se dirige tartamudeando. K miedoso, vacilante y desconfiado, víctima de la tiranía psicológica de papá K.

Copio:

“A veces me imagino el mapamundi desplegado y tú extendido sobre él de parte a parte. Y me parece entonces que para mi vida sólo pueden tomarse en consideración aquellos lugares que tú no cubres o que no están a tu alcance. Y esos lugares, de acuerdo con la idea que tengo de tu tamaño, son muy escasos y nada confortantes, y particularmente el matrimonio no se encuentra entre ellos”.

Continuar leyendo “Kafka y su padre”

Monterroso, in memoriam

 Augusto Monterroso (1921-2003)

El año 19 a.d.C Horacio escribió su Epistola ad Pisones y consagró la contención como una de las más apreciadas aspiraciones poéticas. Monterroso leyó al romano en su adolescencia, en la biblioteca de su ciudad, una biblioteca “tan mala que sólo contenía libros buenos”, y desde entonces adoptó esa divisa y se lanzó a perseguir la perfección.

Luego leyó a Cervantes, y aprendió la manera de contar historias, y a Montaigne, y se contagió de su sabiduría e intuición, y a Swift, y heredó su humor inteligente, y a Esopo y a La Fontaine y a Iriarte, y se propuso rescatar la fábula como género de expresión.

Monterroso era pequeño y tímido, afable y generoso, parco y certero en el hablar, modesto y falto de vanidad como pocas veces se ha visto en un escritor, de un humor tan inteligente y contagioso y de una lucidez tan intuitiva que muchos escritores buscaban su trato y le tenían por maestro.

Continuar leyendo “Monterroso, in memoriam”