Hacia la dicha por el arte

El arte es, como la palabra, uno de los instrumentos de unión entre los hombres, y, por consiguiente, de progreso, es decir, la marcha progresiva de la humanidad hacia la dicha. La palabra permite a las generaciones nuevas conocer cuánto han aprendido, por la experiencia y la reflexión, las generaciones precedentes y los más sabios de sus contemporáneos; el arte permite a las generaciones nuevas experimentar los mismos sentimientos que han experimentado las precedentes, y los mejores de sus contemporáneos. Y de la misma manera que se verifica la evolución de los conocimientos, cuando los conocimientos reales y útiles substituyen a los caducos, igual se genera la evolución de los sentimientos por medio del arte. Los sentimientos inferiores, menos buenos o menos útiles para la dicha del hombre, son substituidos sin cesar por mejores sentimientos, más útiles para aquella dicha. Tal es el destino del arte. Y, por consiguiente, el arte, en cuanto a su contenido, es mejor cuando mejor cumple aquel destino, y es menos bueno, cuando lo cumple menos bien.

Luego, la valuación de los sentimientos, o sea la distinción entre los que son buenos y los que son malos para la dicha del hombre, es obra de la conciencia religiosa de una época. En todas las épocas históricas y en todas las sociedades, existe una concepción superior -propia de cada época- del sentido de la vida, y ella es la que determina el ideal de felicidad, hacia el cual tienden cada época y cada sociedad. Esta concepción constituye la conciencia religiosa. Y esta conciencia se encuentra siempre expresada con claridad por algunos hombres escogidos, mientras que el resto de sus contemporáneos la sienten con mayor o menor intensidad. Nos parece, a veces, que esta conciencia falta en ciertas sociedades; pero, en realidad, no es que falte, es que no queremos verla, porque no está de acuerdo con nuestra peculiar manera de vivir.

Tolstoi

El papa «extramuros»

He terminado un pequeño librito sobre el papa Juan XXIII. Apenas 200 págs. Más que una gran biografía es un perfil de personalidad. Sigue cronológicamente su vida pero sin agotar la figura, iluminando lo que se nos quiere mostrar. Me ha dejado buen sabor conocer a esta persona. Siempre he pensado que llevarse bien con todos depende de uno mismo, no de los demás, de cómo sean o de lo que hagan. Este papa lo consiguió. Para eso tuvo que olvidarse mucho de sí mismo, querer sin condiciones a los demás y ser infinitamente paciente y comprensivo; es decir, estuvo muy unido a Dios, fuente de la Caridad, con mayúscula.

Me ha resultado un personaje simpático y entrañable, muy humano, con sentido del humor y optimista. Alguien así deja a su paso muchos amigos. Lógico. Y, a la vez, muy fiel a Dios y a su misión, a todas las que le fueron tocando.

Es un librito que enriquecerá al que lo lea y que desmontará muchos tópicos y confusiones sobre los católicos y sus pastores.

El libro está escrito por Gino Lubich y lo he leído en la edición de biografías que regaló en su día ABC.

Por cierto, no hace mucho vi una miniserie de TV sobre este papa y me gustó mucho. También la recomiendo.