Brigada central

Hace unos años Juan Madrid escribió para la tele los catorce capítulos de la serie Brigada central. Los editó como libros Espasa y he venido leyendo algunos los últimos meses. No tienen gran ambición literaria pero son entretenidos. El jefe del grupo especial es Flores, gitano, y le acompañan Loren, Solana, Marchena, Pacheco, Muriel, Lucas y Carmela.

De un episodio a otro los protagonistas se van desarrollando y conocemos sus crisis personales. Son episodios cortos (de unas 140 págs) con desenlaces rápidos. Madrid conoce al dedillo el mundillo policial y del hampa. No se ceba en la sangre pero -más o menos según los capítulos- la ambientación es sórdida y desagradable (drogas, prostitución, matones, estafadores sin escrúpulos, macarras).

Tonos de Cyrano

Hablábamos el otro día de Queneau, y ahora pienso en la célebre réplica de Cyrano de Bergerac al Vizconde que se ha burlado pedestremente de su nariz (los subrayados son míos):

Eso es muy corto, joven; yo os abono
que podíais variar bastante el tono.
Por ejemplo:
Agresivo
: «Si en mi cara
tuviese tal nariz, me la amputara.»
Amistoso: «Se baña en vuestro vaso
al beber, o un embudo usáis al caso?»
Descriptivo: «Es un cabo? ¿Una escollera?
Mas ¿qué digo? ¡Si es una cordillera!»
Curioso: «De qué os sirve ese accesorio?
¿De alacena, de caja o de escritorio?»
Burlón: «Tanto a los pájaros amáis,
que en el rostro una alcándara les dais?»
Brutal: «Podéis fumar sin que el vecino
¡Fuego en la chimenea! grite?»
Fino: «Para colgar las capas y sombreros
esa percha muy útil ha de seros.»
Solícito: «Compradie una sombrilla:
el sol ardiente su color mancilla.»
Previsor: «Tal nariz es un exceso:
buscad a la cabeza contrapeso.»
Dramático: «Evitad riñas y enojo:
si os llegara a sangrar, diera un Mar Rojo.»
Enfático: «Oh nariz!… ¿Qué vendaval
te podría resfriar? Sólo el mistral.»
Pedantesco: «Aristófanes no cita
más que a un ser sólo que con vos compita
en ostentar nariz de tanto vuelo:
el Hipocampelephantocamelo.»
Respetuoso: «Señor, bésoos la mano:
digna es vuestra nariz de un soberano.»
Ingenuo: «De qué hazaña o qué portento
en memoria, se alzó este monumento?»
Lisonjero: «Nariz como la vuestra
es para un perfumista lista muestra.»
Lírico: «Es una concha? ¿Sois tritón?»
Rústico: «Eso es nariz o es un melon?»
Militar: «Si a un castillo se acomete,
aprontad la nariz: ¡terrible ariete!»
Práctico: «La ponéis en lotería?
¡El premio gordo esa nariz sería!»
Y finalmente, a Píramo imitando:
«Malhadada nariz, que, perturbando
del rostro de tu dueño la armonía,
te sonroja tu propia villanía!».

Philip Roth, Lecturas de mí mismo

Si hay algo que un escritor tan serio como Philip Roth se toma muy en serio, es la literatura y, en particular, su propio trabajo. Es un buen escritor y es importante, por eso se ha hablado mucho de él. La fama y el escándalo le llegaron muy pronto y por eso lleva muchos años explicándose a sí mismo y a su obra. Esta recopilación es una prueba.

Muchas cosas eran conocidas por Los hechos y de El oficio de escritor, pero sin duda este trabajo arroja nueva luz sobre una figura contemporánea clave. En la primera parte del libro se recogen varias entrevistas realizadas entre 1969 (tras El Lamento de Portnoy) y 1985 (tras la trilogía de Zuckerman). Se analiza la obsesión sexual, muy presente en su obra, particularmente en sus primeros libros. Justifica cómo la familia, la educación, la religión y la política son para él las fuerzas coercitivas por excelencia, canales del poder y sometimiento, otro tema clave recurrente en sus libros. Una y otra vez sale la cuestión de su condición judía. Roth explica que se guía por el gusto y el tacto literarios, y que no piensa en un público de determinada educación, tendencias políticas o religiosas y que hay que leer sus libros como obras de ficción.

Continuar leyendo «Philip Roth, Lecturas de mí mismo»