Empire Falls

Muy buena novela de Russo.

Miles Roby regenta un restaurante en Empire Falls, un pueblecito industrial en decadencia. Su mujer está a punto de dejarle para casarse con otro y a él quieren emparejarle con una mujer a la que ama desde siempre o con otra, discapacitada, hija de la señora rica del lugar, la Whiting, dueña de medio Empire Falls. El universo en torno a Miles se completa con su hermano, su padre, su hija y un policía con quien se lleva mal desde niños.

Miles tiene 42 años y es básicamente una buena persona. Algunos piensan que no sabe exactamente donde quiere ir, o que si lo sabe no lo hace; y otros que le falta energía para no terminar acabando donde no quiere ir. La suya no es, de todos modos, la más decepcionante de las vidas que aparecen, aplastadas por su insignificancia.

Cada uno va haciendo lo que puede con su vanidad, su ambición, su lujuria y sus envidias. El matrimonio no queda bien parado en general. La visión de la religión es algo estrecha pero respetuosa.

El ritmo es lento y agradablemente envolvente. Russo es muy bueno para contar la vida cotidiana y mostrar con detalle a unos personajes actuando, comunicándose o pensando. Me confirmo en la impresión que saqué de El puente de los suspiros (y no tanto de El verano mágico en Cape Cod) de que se trata de un novelista de primera.

Sé que hay una miniserie de HBO basada en esta novela.

Avasallar


Darse muchas ínfulas 

En la Antigüedad, se llamaban «ínfulas» a unas tiras o vendas de las que pendían dos cintas llamadas vittae, una a cada lado de la cabeza. Las «ínfulas» se usaban arrolladas en la cabeza a manera de diadema o corona, y solían lucirlas los príncipes y sacerdotes paganos, como señal distintiva de su dignidad. Con estas «ínfulas» se adornaban también los altares y -en algunas ocasiones- las víctimas que eran llevadas al sacrificio. Pero cuantas más eran las ínfulas y mejor la calidad de su confección, más importante era considerada la persona que las portaba, por lo que, era muy común escuchar hablar de víctima de muchas ínfulas. Con el tiempo, el dicho pasó a designar a todo aquel que actúa con habitual vanidad y orgullo desmedidos y, por lo general, despreciando al prójimo.

Una de vampiros

Cada vez me gustan más las novelas de Vargas y no paro de recomendarla. Ella insiste en que no hace novela negra sino de enigma y yo diría más, creo que ni siquiera es novela criminal.

Disfruto con las circunvoluciones mentales de Adamsberg y su brillante intuición, con la erudición de Danglard que baja al comisario de las nubes, con la fiel determinación de la teniente Retancourt (“el mejor hombre de la Brigada”), con las tontadas de Estalère, con Veyrenc (que reaparece desde los Pirineos), y con Mordent, Froissy, Nöel y todos los demás, un micromundo de maderos (flics) tan familiar después de tantas historias. Además cada caso es tan sólido, original y asombroso que ninguna novela se parece a las demás ni, desde luego, a las de otros escritores que yo conozca. A mi la palabra vampiro me hubiera hecho cerrar un libro a la primera aparición. Pero Vargas nos vende la moto. Cementerios, leyendas, sortilegios, supersticiones y magia, de la mano de pruebas de ADN, un racionalismo feroz y erudición histórica.

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