Epitafio

Así se imagina Barnes la necrológica que se le podría dedicar:

Ayer murió un londinense de más de sesenta y dos años. Durante la mayor parte de su vida gozó de buena salud y no había pasado una sola noche en un hospital hasta la enfermedad definitiva. Tras un comienzo profesional lento e improductivo, alcanzó más éxito del que había esperado. Tras un comienzo emocional lento y precario, alcanzó tanta felicidad como permitía su naturaleza. A pesar del egoísmo de sus genes, no logró —o, mejor dicho, no quiso— transmitirlos a otros, creyendo además que su negativa constituía un acto de libre albedrío frente al determinismo biológico. Escribió libros y después murió. Aunque un amigo satírico pensaba que su vida estuvo dividida entre la literatura y la cocina (y la botella de vino), hubo en ella otras facetas: amor, amistad, música, arte, sociedad, viajes, deportes, bromas. Era feliz en compañía de sí mismo siempre que supiera cuándo terminaría esta soledad. Amaba a su mujer y temía a la muerte.

Julian Barnes, Nada que temer.

Javier Calvo

En 1977 España está en pleno proceso de transición política. Los Servicios secretos se enfrentan al grave problema del terrorismo que amenaza con entorpecer el pacífico establecimiento de la democracia. En Barcelona, los agentes Lao (alias Sirio) y Muria reciben el encargo de terminar con el grupo ultraviolento TOD, ayudados por Teo Barbosa, infiltrado en sus filas desde hace tiempo.

La personalidad grotesca de los agentes hace pensar, en el planteamiento inicial de la historia, en que se trata de una novela humorística o paródica. No es así. En un ambiente de espionaje donde nada es lo que parece y las reglas se inventan a cada paso, todo el mundo va bastante en serio, aunque no necesariamente en la línea que se declara. La brumosa Nueva España que se está creando está más anclada en el régimen anterior de lo que reconoce y es mucho menos abierta que lo que proclama.

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