Coben


Coben
es más un autor de thriller comercial que de novela negra. Tiene cierta calidad y suele incluir en sus tramas algún elemento criminal. El personaje de su serie más conocida, Myron Bolitar, no es policía ni investigador privado, sino un abogado que se dedica a representar a estrellas como agente. Alta tensión es el décimo libro que le dedica. Es el primero que leo.

Está bien:
– Realismo sin morbo; perfil medio en cuanto a dureza de la historia y sin excesos innecesarios.
– Buenos secundarios, sobre todo el desquiciante Win.

Pegas:
– La historia es demasiado enrevesada para mi gusto, y no me refiero a que pasen muchas cosas, sino a que en algún momento falta claridad;

– No me gustan los chistecitos continuos (chulerías, comparaciones ingeniosas, frases de varios sentidos…), me distraen de la historia y me agotan; ya pillamos como es el personaje con dos o tres, no son necesarias trescientas.

Me ha costado terminarlo, no es malo, pero no me ha cogido, que es lo mínimo que se espera de la mayoría de estos libros.

Agotando a McEWAN


Amor perdurable
cuenta la historia de un acoso. Perry conoce accidentalmente a Jim y se enamora perdidamente de él. Esto ocurre de modo inopinado, obsesivo y patológico, y con un componente original, como es que quiere atraerlo, además, a la fe religiosa. Una variante del llamado Síndrome de Clérembault. La novia de Jim no lleva bien el asunto y no echa toda la culpa a Perry.

Problemática sentimental anómala a modo de pesadilla, toque de thriller (¿atacará Perry a Jim? ¿Jim será abandonado por Clarissa?) y excursos científicos (Jim es divulgador), son los ingredientes de esta novela que se lee muy bien.

La atmósfera sexual de los primeros libros de McEwan también está aquí pero muy aguada por el hecho de que queda claro desde la primera página que Perry está fuera de sus cabales.

McEWAN

¡Por fin una ración de McEwan! El Premio Nobel de física bendijo la vida de Michael Bearn y a la vez fue su maldición. Se durmió en los laureles hasta que un par de décadas después recupera algo de emoción: la posibilidad de aportar al mundo la solución a los problemas del calentamiento global y del agotamiento de las fuentes de energía. Por desgracia, su proyecto de fotosíntesis artificial a gran escala deberá superar un campo minado de intereses económicos, robo de patentes y su propia falta de confianza en que el problema que se intenta solventar exista siquiera.

A esta sátira científica, académica, política y social, McEwan añade una contundente revisión de las bases de la relación amorosa, tema frecuentado con idéntico despiste en sus novelas anteriores. Entre esas bases el matrimonio y el compromiso no juegan un papel decisivo. Cinco veces lo ha estado Bearn y le conocemos cuando está a punto de romper el quinto. Básicamente sólo necesita el placer y un poco de afecto y casarse sólo es para él un accidente en algunas de sus relaciones, en realidad un porcentaje mínimo de sus amoríos. Ninguna de estas dos líneas de comedia negra son redondas ni convincentes. La clave político-social de Los perros negros es más profunda y el análisis de relaciones humanas más intenso en Expiación o en Sábado, por citar sus mejores novelas hasta ahora.

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