Salter. Todo lo que hay

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Treinta y cuatro años median entre esta cuarta novela y la anterior, en medio dos libros de relatos y uno de memorias. Aunque en España casi acabamos de llegar a él, la escueta producción de Salter (New York, 1925) es prestigiosa al completo.

Todo lo que hay cuenta la historia del editor neoyorquino Phillip Bowman, nacido en 1925, a quien seguiremos unas décadas a partir del final de la segunda guerra mundial. En este periodo Salter se moverá a su antojo arriba y abajo en el tiempo y también a derecha e izquierda, incluyendo numerosas historias de personajes que de algún modo se relacionan con el protagonista. A Bowman le gusta su trabajo, no es mala persona y se afana por lograr sus objetivos. De una forma u otra, no termina de encontrar su centro, en buena parte por el desarrollo de las sucesivas relaciones sentimentales en las que se embarca.

Lo que los personajes viven, cuentan o leen da pie a Salter para hablar de los judíos, de las carreras de galgos, de Grecia o de Lorca, de escritores y libreros, de Sevilla o de Vietnam. Entre todo esto aparece o se oculta la deriva amorosa del eterno desengañado Bowman, siempre narrada con detalles sexuales (breves pero muchos). Lujo, placer, pose social, persecución del amor (“ese horno al que arrojamos todas las cosas”), cultura, ambición y viajes son los ingredientes de la pócima de la felicidad favorita en los ambientes que se describen. En el fondo, Bowman parece representar un modelo de existencia en el que la vida, realmente, no debe pretender ningún propósito.

El libro resulta disperso o deslavazado pero es siempre entretenido. El estilo realista, visual y directo de Salter proporciona incontables momentos felices de brillante intensidad: una comparación, la descripción de un gesto, naturales y afilados diálogos (estilo Sorkin) o expresivos entrelazamientos de pasajes. Todo lo que hay se aleja del celebrado laconismo del autor, muy significativo en sus colecciones de relatos (Anochecer, 1988 y La última noche, 2005) y no alcanza la intensidad de su mejor libro (Años luz, 1975), pero es una obra destacable, no tanto en su conjunto como en sus frecuentes aciertos parciales.

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