Wells

Un artículo del 2004:

Y, UN SIGLO MAS TARDE, WELLS VUELVE A SORPRENDERNOS

30 de octubre de 1938, noche de Halloween. Un programa de radio provoca en todo Estados Unidos una oleada de pánico: los marcianos invaden la tierra. El talento del joven locutor Orson Welles, la magia de sus palabras y la verosimilitud de la historia de H. G.Wells vuelven a probar la eficacia de una buena ficción…escrita –en ese momento- hacía cuarenta años.

El autor en su época

La época victoriana inglesa trae entre otras cosas una segunda revolución industrial; un espectacular avance de la ciencia y de la técnica desembocan en el fenómeno del maquinismo: Darwin, Pasteur y Mendeleyev son los nuevos sacerdotes del progreso.

El empeño de la moral victoriana por defender el orden establecido, por evitar toda  referencia a cualquier cosa desagradable de la vida, sufre un duro revés en los comienzos del S. XX: la revolución de 1917, las guerras de 1914 y 1939 (que demuestran que las máquinas se pueden usar para el mal) y la crisis de 1929, dejan de manifiesto que el progreso continuo de bienestar no está garantizado.

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Acertar

Dar en el clavo

Esta expresión, seguramente, será asociada por el lector con la acción de martillar, clavar… y nada más alejado de la verdadera procedencia del dicho. En la Antigüedad, existía un juego infantil llamado «hito», que consistía en fijar un vástago o un gran clavo a cierta distancia de los participantes quienes, desde su lugar, arrojaban unos tejos anillados de hierro, de manera que el éxito en el juego lo lograban quienes conseguían acertar con el aro en el hito. Y como el hito solía ser de hierro -por lo general, se trataba de un clavo- la expresión dar en el clavo vino a significar lo mismo. Con el tiempo y como sucedió con casi todos los dichos populares, la gente comenzó a utilizarlo con otro sentido, en este caso, como equivalente de acertar en la solución de alguna cosa complicada y difícil.

Uriarte, dos

Segunda entrega de los diarios de Iñaki Uriarte, notas de los años 2004 a 2007. Leído el primer volumen, este se saborea con la familiaridad con que se trata a conocidos. Están todas las mismas cosas, sin gritar, con sentido común.

Imperdonable que hable de los “tronos” de la Semana santa de Sevilla.

Me anoto buscar las cartas de Madame Du Deffand (ya las vi citadas también en Cioran) y echar un vistazo a los diarios de García Martín.

He anotado bastantes detalles que sería prolijo señalar aquí. Baste decir que he disfrutado esta lectura como la primera y que la recomiendo.