Una de vampiros

Cada vez me gustan más las novelas de Vargas y no paro de recomendarla. Ella insiste en que no hace novela negra sino de enigma y yo diría más, creo que ni siquiera es novela criminal.

Disfruto con las circunvoluciones mentales de Adamsberg y su brillante intuición, con la erudición de Danglard que baja al comisario de las nubes, con la fiel determinación de la teniente Retancourt (“el mejor hombre de la Brigada”), con las tontadas de Estalère, con Veyrenc (que reaparece desde los Pirineos), y con Mordent, Froissy, Nöel y todos los demás, un micromundo de maderos (flics) tan familiar después de tantas historias. Además cada caso es tan sólido, original y asombroso que ninguna novela se parece a las demás ni, desde luego, a las de otros escritores que yo conozca. A mi la palabra vampiro me hubiera hecho cerrar un libro a la primera aparición. Pero Vargas nos vende la moto. Cementerios, leyendas, sortilegios, supersticiones y magia, de la mano de pruebas de ADN, un racionalismo feroz y erudición histórica.

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El teatro de Wilder

Wilder explica que concibe la obra de arte como un recordatorio de algo que ya ha ocurrido en nuestra mente alguna vez. Piensa que el arte debe tener consecuencias, debe perturbarnos, y que el teatro es la forma que mejor lo consigue, la que mejor representa lo individual y a la vez lo universal. Recomienda no subrayar el lugar (escenarios desnudos) para que no se oculte la idea (lo universal).

Ganó el premio Pulitzer de teatro en 1938 con Nuestro pueblo. Comedia en tres actos ambientada en un pueblecito al norte de Nueva York. En el primero, 1901, se nos muestra la vida cotidiana; en el segundo, 1904, el amor y el matrimonio (“La gente se ha hecho para vivir de dos en dos”); en el tercero estamos en 1913 y sobreviene la muerte.

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Las 20 novelas de Delibes


Esto complementa lo que les dejé en Delibes, una introducción. Es también de esa época y la redacción igualmente casera.

Cuando murió, les dije mis preferidas.

La sombra del ciprés es alargada
Obsesión por lo efímero del paso del tiempo. La muerte. Reflejo de su recelo personal por la posible muerte de su padre.  Pedro: melancólico y triste como era él.  Adaptación TV. Parte mala (Nadal exigía nº de páginas).  Lo mejor: ambiente frío de Avila acorde con la muerte.  Barroca y preciosista.

Aún es de día
Como la anterior, escrita en estado de virginidad literaria: engolado, grandilocuente, retórico.  Le parece tan mala como la primera.

El camino
La escribe en 20 días.  Ya presentes su estilo y magistral dominio del lenguaje.  Cine y TV.  Aquí arranca la novelística Delibiana.  Es donde Miguel encuentra su «camino».  Aquí fiel a sí mismo, a cuerpo limpio. Intento de recuperación de su infancia (lo único que reduce a los hombres a un común denominador).  Giro: escribe ya él realmente.  Daniel El Mochuelo.  Amistad truncada por la muerte, como en El ciprés.

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