Canción de hielo y fuego, III

 Poco nuevo que comentar a este tercer tomo de la saga. Por el sistema de escritura que sigue Martin, recomiendo una lectura en dosis generosas (es decir, cogerlo en vacaciones o algo así) porque hay muchas líneas narrativas, y tardas tantas páginas en volver a saber de un personaje concreto, que pierdes un poco el hilo. Eso pasa con las tramas principales; con las subtramas no digamos.

Hay continuas sorpresas y la dosis de intriga y aventura no decae (y ya van casi 3.000 págs). Aunque en algún momento hay acciones buenas, el tono moral general de los personajes es poco atractivo. Poniente, -sus poderosos- es el reino de la mentira. Un tablero donde todo el mundo, como dice uno de los personajes, es pieza o jugador.

Aquí mis comentarios a los dos primeros volúmenes:


Marilyn


Fragmentos (Poemas, notas personales y cartas)
es un libro insignificante al que sólo salvan dos cosas:

– El placer de ver a Marilyn, en esta ocasión sin posar, en fotos naturales en las que casi siempre aparece leyendo o escribiendo;
– El placer de ojear un libro tan bien editado, con reproducciones fotográficas de todos los textos incluídos, y al lado vertidos al idioma original (en letras de imprenta) y al castellano.

Nada de esto se habría publicado si la autora no fuera MM. Es muy probable que no fuera tan tonta como parecía, pero todos estos textitos sólo muestran que sabía escribir en inglés, que conocía el alfabeto y la gramática, quiero decir. Es gratuito convertirlos en un fenómeno de introspección, expresiones de una mujer inteligente e insegura emocionalmente que se sentía sola a menudo.

Si pueden ojearlo en una biblioteca (a gusto) o en una librería (más por encima), con eso bastará, para mi ha sido un inocente (e insulso) capricho mitomaniaco.

El ladrón de tiempo

“Nunca muero. Sólo me vuelvo más y más viejo”. Así empiezan las memorias que Matthieu Zéla comienza a escribir en 1999 y que abarcan dos siglos y medio. Boyne cuenta algunas pinceladas de historia colocando a su longevo personaje en varios escenarios: la revolución francesa, la crisis económica de 1929, los primeros Juegos Olímpicos modernos o la unificación italiana. Conocemos algunos de sus trabajos, casi siempre relacionados con la producción de ficciones para cine o televisión, a algunas de sus relaciones sentimentales y a algunos de sus parientes. La novela va saltando de su primer amor, Dominique, en 1760, a los problemas de su sobrino Thomas en tiempo presente, 1999, pasando por los escenarios mencionados. Zéla ha vivido en la pobreza picaresca y en la opulencia, ha viajado mucho y conocido a todo tipo de personas, carece de concretas preocupaciones morales, sin ser mala persona, y cuenta todo con estilo sencillo, directo y ágil.

El mito de la eterna juventud ha sido tratado magistralmente con tintes trágicos, como mínimo, por Wilde y Goethe. Aquí no es más que un recurso para poder narrar en primera persona hechos tan alejados en el tiempo. En ningún momento llegamos a saber por qué ocurre a Zéla tan singular cualidad. El libro entretiene sin llegar a seducir en ningún momento, ni en su personaje principal, ni por los hechos en que participa. Esta fue la primera novela de Boyne y ya demuestra, y ha confirmado después, sus buenas dotes de narrador y su imaginación. Cada libro es diferente y ninguno es aburrido, aunque hasta ahora no ha escrito nada especialmente destacable.