Wilder. El octavo día


Coaltwon, Illinois, 1902. John Ashley es acusado de asesinar a su amigo Breck y es devuelto a la libertad por unos misteriosos sujetos cuando era conducido a la cárcel. Esta novela cuenta la historia de la familia Ashley antes y después de estos sucesos. Todos ellos son poco convencionales y de notables cualidades y sus vidas resultan atractivas e interesantes para el lector.

Dos temas: uno, la existencia de seres especialmente dotados para ayudar a los demás, una especie de nuevos mesías (no en sentido religioso); el otro, la vida como tapiz con miles de hilos anudados y entrelazados, la dificultad de captar el sentido global. Ambos recorren toda la obra, quizás como excusa para Wilder para ir de aquí para allá en el tiempo y el espacio, cerrando muy a su aire todas las subtramas.

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La novela: ¿o inmoral o aburrida?

El mal imaginario es romántico, variado; el mal real, triste, monótono, desértico, tedioso. El bien imaginario es aburrido; el bien real es siempre nuevo, maravilloso, embriagante.

Por lo tanto, la “literatura de imaginación” o es aburrida o es inmoral (o una mezcla de ambas).
No escapa a esta alternativa como no sea que, a fuerza de arte, pase del lado de la realidad –cosa que sólo el genio puede hacer.

Simone Weil (De La gravedad y la gracia)

[Citada en el volumen del que les hablé Repensar la ficción].

Barnes. Pulso

Cuando acaba de ganar el Booker en Inglaterra con su última novela, se publica en España esta última colección de relatos, aparecidos también este mismo año en su país. Barnes pertenece a una talentosa generación de escritores británicos formada por Ishiguro, Amis, McEwan y otros.

Barnes (1946) puede que sea el más ingenioso e imaginativo de todos ellos, pero hasta ahora -exceptuando la excepcional El loro de Flaubert, que no es exactamente ficción- no ha escrito aún un gran libro redondo. Siempre es original y brillante, con un humor mordaz que invita a trivializar su cáustica visión del hombre y, en particular, de sus relaciones sentimentales. Su habitual tono descreído y juguetón, unido a su estilo depurado y elegante, es confundido por muchos con la inteligencia. Una escritora protagonista de uno de los relatos dice que “toda la vida es un fracaso, y el escritor puede convertir eso en arte”, y este parece ser el lema inspirador de Barnes.

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