Chéjov según Ginzburg

El prestigio de Chéjov entre escritores, particularmente de relatos, no tiene parangón. Lo cierto es que a mi nunca me han entusiasmado sus cuentos, ni tampoco especialmente su teatro, y quiero arreglar esta falta de sintonía que achaco a mis limitaciones. No es que me empeñe en que algo me guste, es que en este caso intuyo que estoy equivocado. Así que me propongo intentarlo de nuevo y me he conseguido un par de buenas selecciones (una de Richard Ford y otra de 16 relatos comentados por otros tantos escritores). Ya les contaré.

Para calentar motores, un breve ensayito de Natalia Ginzburg editado por El Acantilado. Se lee del tirón de bien escrito. Destaca la forma extraordinaria (brusca, ligera, fulminante e imperiosa) de introducir una historia, como abrir una ventana y mostrar los rasgos de una o varias personas (ver sus rasgos, oír sus voces, intuir sus estados de ánimo) y luego cerrarla ante el lector absorto, estupefacto y divertido. Alternancia de comicidad y melancolía, piedad y dolor fríos. Sus personajes comentan continuamente, pero el escritor nunca lo hace, nunca da ni quita la razón a nadie.

Wilder. El octavo día


Coaltwon, Illinois, 1902. John Ashley es acusado de asesinar a su amigo Breck y es devuelto a la libertad por unos misteriosos sujetos cuando era conducido a la cárcel. Esta novela cuenta la historia de la familia Ashley antes y después de estos sucesos. Todos ellos son poco convencionales y de notables cualidades y sus vidas resultan atractivas e interesantes para el lector.

Dos temas: uno, la existencia de seres especialmente dotados para ayudar a los demás, una especie de nuevos mesías (no en sentido religioso); el otro, la vida como tapiz con miles de hilos anudados y entrelazados, la dificultad de captar el sentido global. Ambos recorren toda la obra, quizás como excusa para Wilder para ir de aquí para allá en el tiempo y el espacio, cerrando muy a su aire todas las subtramas.

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American noir de referencia

«-¿Es que en este mundo las cosas no cambian nunca? -No te lo tomes tan a pecho. Algunos mueren, los demás envejecemos, llega gente nueva, los antiguos se marchan… -Pero apenas se nota. -Eso, sí.»

Este diálogo entre el fiscal y el policía pone punto final a esta estupenda novela. Hasta llegar a esa conclusión que mezcla deportividad y resignada aceptación, los delincuentes han hecho lo que saben hacer, con lealtad, siempre que era posible; el tío Sam ha ido poniendo zancadillas a unos y otros, consciente de que todo no se puede controlar. Coyle no es un chivato pero tiene que dar algo a cambio si no quiere volver a la cárcel, y puede que no baste con un traficante de armas de poca monta. Los atracadores de bancos son una preocupación más en un Boston de los setenta donde la mafia y los Panteras negras acaparan toda la atención de las fuerzas del orden.

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