Carmelo Guillén

Vivía yo en Sevilla, en el Colegio Mayor Guadaira, y el poeta Carmelo Guillén nos visitaba en la tertulia y nos recitaba sus poesías. Le traté, le recuerdo con cariño y hace mucho que no le veo. Me acuerdo especialmente del poema Nonaino. Ahora encuentro una recopilación de sus poemarios (1976-1996) y me apresuro a buscarlo. Lo copio para ustedes: (forma parte de una serie de tres, y a mi me gusta más el III): Advierto, está bien copiado.

De mí sé más que nadie pero no estoy seguro,
Por eso, algunas veces, cuando ya no me aguanto
Ni las uñas me sirven para estarme sereno,
Me voy, adiós, y punto, a donde sea, el caso
Es éste, yo, Carmelo, que tan bien sé de otros
-Ese “tan bien” se escribe separado-, yo mismo,
No es otra la razón, aunque ocurre con frecuen
Que no, nonaino ná, que no sé por qué cía
Y claro, estar así, sin saber, tantoymás
Me hace echarme al verso, al poema y decir
Cositas que ni sé, que no quiero, que no
Hablar de mí a disgusto, a gusto, para qué,
Si luego viene uno, o dos, o tres, o cuatro
A ver como nonaino. Que no, que yo soy e-
Sa oscura clavellina, de verdad, os lo juro.

Egos revueltos

Juan Cruz, pieza clave de PRISA (El País, Alfagüara) cuenta su relación directa con escritores, como periodista, editor y, sobre todo, amigo. Son unas memorias centradas en escritores fallecidos. No habla de sus obras sino más bien de su relación con ellos, desvelando anécdotas y aclarando malentendidos. Es un narración amable, sin revelaciones escandalosas y respetuosa con todo el mundo. Cruz ha sido testigo privilegiado del ascenso de casi todos los grandes escritores hispanoamericanos del S. XX.

Me ha resultado muy agradable de leer. Ha sido muchos años acompañante, sombra, confidente, conseguidor y amigo de muchos escritores, respetuoso de sus egos, especialmente activos en los artistas.

Juan Cruz está pirado por la literatura y demuestra una gran capacidad de amistad. Y naturalmente escribe bien, con un modo algo alambicado de llegar a las cosas y enlazarlas, a veces rebuscado en el estilo pero siempre expresivo.

Estas memorias apuntan a una continuación, los vivos. Ahí tendrá que hacer más equilibrios aún. Ya saben, los egos.

El asedio

Desde el 92, con La reina del sur, Pérez-Reverte se ha vuelto aburrido. Esta crisis se consolida. Se ha zambullido en la novela histórica ladrillo, llena de datos y tecnicismos (Trafalgar, Un día de cólera, El asedio) y se ha olvidado de lo que mejor sabe hacer, contar buenas historias entretenidas. Salvo los dos últimos Alatristes, que están bien, (de El pintor de batallas mejor ni hablamos), sus últimas ficciones históricas son pesadísimas.

Esta última del asedio es el remate: cientos de líneas sobre balística y artillería, comercio, barcos, fauna y flora, taxidermia, tipos de trajes, calles de Cádiz. Un tostón. Pérez-Reverte es un profesional y no da una puntada sin hilo, pero no buscamos eso en sus novelas, al menos yo. La historia de amor no es tan de amor, ni la policiaca tampoco (la explicación pseudo-científica de los vórtices es estrafalaria y soporífera). La de espías un poco mejor. Y todo muy largo, larguísimo. Hay dispersión, falta un verdadero personaje central.

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