Un albañil levanta una pared, hilera de ladrillos a hilera de ladrillos. El proceso es descrito minuciosamente. Pero no está construyendo un edificio sino que participa en una especie de proyecto, o experimento, o programa, o performance donde un público tiene derecho a mirarle trabajar. Al lado, llevan a cabo sus oficios hasta 10 personas más (un empleado de matadero, un informático, una administrativa, una costurera, una limpiadora, etc). Se van describiendo con detalles sus desempeños y a la vez, cada uno, reflexiona sobre su trabajo y recuerda anécdotas de su vida profesional.
Categoría: España
Iriarte. Fábulas.

Hace poco, en un libro de memorias de Julián Herránz, si no me equivoco, me encontré citada una fábula de Iriarte que me hizo gracia y anoté mentalmente una nueva posible lectura. Estaba en la biblioteca pública, editada por cátedra. Todas las piezas sobre asunto literario.
Por desgracia, pocas más, además de esa de La ardilla y el caballo, me han gustado. Iriarte quería además hacer un muestrario de modos de versificación (hasta 40) y algunos resultados, algo forzados, resultan infantiles y hasta ridículos.
Casi todas las moralejas (versos finales) son certeras e inatacables pero casi todas son opiniones comunes que pueden ocurrírseles a cualquiera. Los calificativos de ilustrado, polemista, satírico y didáctico me los he de creer, pero esta obra es de ingenio corrientito y no la recomiendo especialmente.
Les dejo la fábula contra el activismo insustancial:
Mirando estaba una ardilla
a un generoso alazán,
que, dócil a espuela y rienda,
se adiestraba en galopar.
Viéndole hacer movimientos
tan veloces y a compás,
de aquesta suerte le dijo
con muy poca cortedad:«Señor mío: de ese brío,
ligereza y destreza
no me espanto, que otro tanto
suele hacer, y acaso más.
Yo soy viva, soy activa;
me meneo, me paseo;
yo trabajo, subo y bajo,
no me estoy quieta jamás.»El paso detiene entonces
el buen potro, y muy formal,
en los términos siguientes
respuesta a la ardilla da:«Tantas idas y venidas,
tantas vueltas y revueltas,
quiero amiga, que me diga:
¿Son de alguna utilidad?
Yo me afano, más no en vano:
sé mi oficio, y en servicio
de mi dueño tengo empeño
de lucir mi habilidad.»Conque algunos escritores
ardillas también serán,
si en obras frívolas gastan
todo el calor natural.
El puente de los Asesinos
Diego Alatriste, soldado viejo, tiene su biografía pintada en la estampa, un cuerpo recosido tras mil peleas y una media sonrisa que se vende muy cara. Treinta años al servicio de unos reyes dueños de medio mundo y temidos por el otro medio, batiéndose por una patria desagradecida, han borrado la alegría de su cara. Sus únicas lealtades son con los compañeros de armas, con los que ha defendido a España o se ha aliado en aventuras mercenarias. Gente de acero y silencios, pendencieros, bebedores y taciturnos. Iñigo Balboa vuelve a relatar un nuevo episodio de sus memorias, el séptimo, cuando él tenía ya dieciocho años.
Ya los hemos visto juntos en Sevilla, Madrid, Flandes y el Mediterráneo. Ahora el tablero del poder les coloca en Venecia, donde habrán de llevar a cabo una misión de sangre para desestabilizar políticamente a la Serenísima, en favor del austria de turno y de su todopoderoso valido. Estamos en 1627. La misión tiene peligro y tendrán que afrontar a extraños compañeros. Quizás se presente la oportunidad de ajustar cuentas por fin con el siniestro sicario Malatesta. Volveremos a encontrarnos con Quevedo e intervendrán otros personajes históricos, como Saavedra de Fajardo.
Pérez-Reverte se mueve de nuevo a sus anchas en unos escenarios históricos que domina. Controla y explica con destreza los tejemanejes políticos de la época, se gusta retratando el carácter español y muestra con mucho acierto la psicología militar y la camaradería varonil de unos personajes cansados para los que el honor lo es todo. Lo único, en realidad.